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Vila-seca, mirando al mar desde tierra adentro

El Festival mágico y el Payasódromo son dos de sus grandes apuestas 

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Mónica Pérez | 24/07/2009 20:31

Vila-seca recibe su nombre de la antigua Vilassica, cruce de caminos en árabe. Ciertamente, este municipio del Tarragonès, que se encuentra en el centro de la Costa Daurada, limita con Tarragona, Reus, Cambrils y Salou.  Más allá de sus playas, las fronteras de Vila-seca encierran un interesante centro histórico y otros espacios naturales que ofrecen al visitante la cara menos conocida de la localidad.

El castillo de Vila-seca destaca, al norte del núcleo urbano, entre el conjunto de construcciones históricas. El aspecto neomedieval de la fortificación, resultado de las diversas reformas llevadas a cabo por sus propietarios a lo largo de la historia, contrasta con su torre, de la época romana, que constituye la parte más antigua del castillo. La bodega, de la cooperativa agrícola, es obra del arquitecto Pere Domènech, hijo del modernista Lluís Domènech i Montaner. La primera vendimia que se realizó en este edificio fue la del 1920.

El municipio dispone, además, de cuatro torres de defensa que componían los pilares del recinto amurallado. Al norte de La Pineda se encuentra la torre dels Carboners, que ocupa el recorrido desde allí hasta el núcleo de población que solían realizar los trabajadores de la zona. La torre de Virgili es la más próxima a la costa, edificada para otear el horizonte durante el siglo XV, en un momento de auge de la piratería, de la misma manera que la torre de la Abadía. La última torre, la del Delme, se sitúa al lado de la plaza de la iglesia, una de las dos construcciones de carácter religioso con las que cuenta Vila-seca.

Cuando la importancia del lugar convirtió la muralla en una defensa insuficiente, se llevó a cabo la construcción de un segundo perímetro amurallado. De él, únicamente ha llegado hasta nuestros días el portal de Sant Antoni. Este era, además, uno de los puntos de comunicación más importantes por si situación próxima al Raval de la Presó, el de Sant Josep y el de la Mar, significativas vías de tránsito de personas y mercancías.

La iglesia de Sant Esteve, cimentada sobre un antiguo templo medieval en el siglo XVII, mantiene elementos góticos y renacentistas, que delatan su  construcción en un momento de transición entre los dos estilos. Su campanario, sostenido sobre el altar de la Mare de Déu del Roser, no fue completado hasta mediados del 1850. A la Mare de Déu de La Pineda se le dedica el santuario del municipio, del siglo XIV, que  fue el núcleo productor de la población tal y como actualmente se conoce. Ambas construcciones se caracterizan por su elegancia y su austeridad exterior, sin embargo, sus interiores son ricos en ornamentos. Sorprende especialmente el caso del santuario, cuyo altar de estilo barroco contrasta con la fachada casi completamente lisa.  

Además de los múltiples espacios naturales con los que cuenta La Pineda, Vila-seca presenta también zonas verdes dedicadas a la sostenibilidad y el disfrute de actividades al aire libre, como la Torre d’en Dolça y el parque surgido a su alrededor. Del siglo XII, y probablemente perteneciente en sus inicios al castillo de Salou, nos queda esta construcción que se enmarca en un área natural, de abundante vegetación y pequeños lagos, que se ha concebido como el lugar ideal para la práctica del deporte o la realización de espectáculos culturales y lúdicos.

En cuanto a oferta de ocio, Vila-seca propone una serie de festivales que, como el de magia o el payasódromo, repartidos a lo largo del año.

Historia y naturaleza  se dan la mano en este municipio entre la arquitectura y los parques.





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