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La edad de la vergüenza

El Centre d'Estudis sobre Conflictes Socials de la URV reúne a cuatro especialistas para debatir sobre las claves del drama de los refugiados que asola Europa en los últimos meses

«En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país», recoge el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos», recuerda Isabel Iturrieta, del Área de Inmigración de Cáritas, durante el debate Refugiats Internacionals, de la hipocresia a l’acollida, que organiza el Centre d’Estudis sobre Conflictes Socials en la sala de Graus del Campus Catalunya, repleta hasta la bandera.

¿Por qué razón Europa no actúa en consecuencia? «La legislación es clara y obliga a la acogida, pero hemos urdido mecanismos para no dar una respuesta satisfactoria a las necesidades de las personas», explica el especialista en Derecho Internacional de la URV, Santiago Castellà, otro de los protagonistas del encuentro. «Las solicitudes de asilo y sus evaluaciones tardan demasiado y son arbitrarias. Está imperando el egoísmo de los estados. Repartir refugiados como si fueran cabezas de ganado no parece lo más digno», continúa. Lejos, casi olvidadas, quedan figuras fundamentales como la de Fridtjof Nansen, destacado explorador, científico y diplomático noruego de principios del siglo XX. En 1922 diseñó un documento, el Pasaporte Nansen, salvoconducto de viaje para los desplazados después de la Primera Guerra Mundial, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz. En su repaso histórico, Castellà hace hincapié en un español, Pablo de Azcárate, diplomático de envergadura con un papel relevante en la ONU. Fueron pioneros en la ayuda a los refugiados, un ideal emborronado y en entredicho en nuestros días, sacudidos por las imágenes de un éxodo para el bochorno, «no estamos dejando una lección demasiado buena para la historia contemporánea. Europa tiene el deber histórico de defender la globalización del humanismo», sentencia Castellà.

Antes, el Decano de Letras, Josep Sánchez Cervelló, ha encuadrado la geopolítica del conflicto, con un mundo occidental que ha manipulado históricamente a su antojo, siempre a la caza de intereses propios, «en una rapiña petrolera», sin calibrar demasiado las consecuencias, a lo que se le suma «una educación islamofóbica, base de nuestra identidad y fundamentada en el ideario de la Reconquista». El resultado, un continente impasible «de reuniones maratonianas y acuerdos que no llegan a materializarse», describe Marta Domènech, responsable del Centro Europe Direct en Tarragona, con países que poco a poco cierran sus fronteras bajo el pretexto de «establecer un control necesario que diferencie entre inmigrantes y refugiados, pero ¿quién y cómo definirá las reglas de esa nueva criba?». Isabel Iturrieta concluye la tertulia: «Son personas que reclaman sus derechos. El primer mundo tiene que dejar de vivir a costa del resto. Es la rebelión de los pobres y bienvenida sea. No hay vallas suficientemente altas como para detener el hambre». Para despedirse, recuerda una cita de Federico García Lorca: «Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo».

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