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Castaña dream

No, no pienso escribir de zapatillas ahorcadas en cables eléctricos, hace años que menguó el suicidio de alpargatas sin que nadie hallase jamás por el cielo unos manolos de esos que provocaban salivaciones en Sexo en Nueva York. Una pandilla de niños-zombie, con el rostro demacrado, corretea de tienda en tienda: «Truco o trato». En la disyuntiva se esconde una adicción azucarada, una búsqueda a deshoras de una microdosis de chucherías. Las telarañas de Halloween han marginado los tiznajos castañeros, que pierden esquinas geoestratégicas de la ciudad, tomadas por escaparates arácnidos, en una mezcolanza cómica de asuntos entre cutres y terroríficos.

Hace unas décadas, cuando ir de Erasmus era materia de pijos, precisamente la Castanyada era el pistoletazo de salida para un viaje de final de bachillerato capaz de sobrepasar fronteras. Vender cucuruchos rebajaba el billete. Durante un fin de semana, cada instituto se atrincheraba en un rincón con sus bidones humeantes. Una mesilla plegable para la matanza. Antes de asar, navajazo en el pericarpio y cicatriz con forma de cruz. Porrón de moscatel contra el frío. Tercero era un curso para el vuelo. A mi quinta de Campo Claro le tocó en suerte ocupar la Rambla a su cruce con Sant Francesc. Banesto (hoy Mango Man) decoraba el escenario, plagado de horizontes con intereses. Habíamos debatido entre la ruta del Quijote, desestimada de raíz, Italia o Grecia. Sobra decir que en un alarde de madurez y bolsillos tiesos, cundió la opción más económica: desmadre a la italiana; destinación que ha cedido sus encantos, según me cuentan los profesores actuales, a esa tendencia tan anglosajona que copa las postrimerías.

Desconozco cuánto sacamos. El tiempo se reserva su derecho al olvido. Cubrimos el último turno hasta la medianoche. Recuerdo que fueron los padres los que merodearon con piedad la zona dejándose la pasta. Hubo otras tentativas de negocio: venta de mantecados por Navidad, calendarios, camisetas...; pero ninguna más romántica. De la odisea en autocar camino de Roma guardo varios carretes de fotos con paisajes en ruinas; un postre de naranjas con entrañas sangrientas; una postal de la Fontana di Trevi con calderilla y sin Anita Ekberg; diez días de dolce vita a dieta de pizzas prefabricadas de camión, esa moda de los food trucks que ahora parece que nos llega; y un mordisco de la Bocca della Verità, mitificada por una secuencia entre Audrey Hepburn y Gregory Peck. Son las escenas de un cine que impone sus hechuras. Halloween nos lo sirvió en pantalla John Carpenter. Algunos especialistas creyeron ver una crítica a la sociedad estadounidense de los setenta. El mismo Carpenter rodó más tarde Memorias de un hombre invisible, inspirándose en la novela de H. G. Wells, autor entre otras de la Máquina del tiempo. Con él descubrimos que las calabazas con las que nos obsequiaban las chicas de clase, encarpetadas para la ocasión con Rob Lowe o Kirk Cameron, podían reciclarse en hogareñas lamparillas de noche capaces de ahuyentar fantasmas.

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