A alguien sin esperanza la situación de Eluana viva le producía un dolor insoportable.
A alguien atormentado se le convenció de que la vida de Eluana no era digna de ser vivida.
A alguien, cual verdugo cualificado, se le encargó acabar con la vida de Eluana.
Sin embargo, nadie en este mundo tiene derecho a empujar a otros a desear la muerte, y menos la ajena. Nadie en este mundo es dueño de la vida de nadie, ni de la propia.
Nadie concedió a Eluana un rayo de esperanza.