Darwin afirmó que todos los seres vivos descienden de unos pocos antepasados comunes, y que la selección natural es el motor de los cambios que nos llevan desde seres microscópicos a la especie capaz de componer la música de Mozart.
No estoy de acuerdo. Jamás se ha observado un salto de especie, cosa necesaria para el método científico –el experimento ha de ser reproducible–. Los caracteres adquiridos en un individuo por selección natural según las leyes de Mendel –cuyos estudios se publicaron con posterioridad a los de Darwin– no se transmiten por herencia. Los darwinistas siempre han esgrimido el paradigma de la jirafa, y resulta que no existen restos fósiles a medio evolucionar.
Además, las crías se alimentan de hojas bajas y las hembras miden un metro menos que los machos y también sobreviven sin problemas. Actualmente hay 3 millones de especies vivas conocidas y se suponen otros 7 millones desconocidas, clasificadas en 5 reinos.
Hoy todavía no hay explicación ni demostración para el origen de esos cinco reinos –bacterias, células eucariotas, hongos, animales y plantas–. No hay que olvidar que la teoría de la evolución de las especies es eso, una teoría –no es una ley–. Pero hay quien se ha encargado de elevarla a la categoría de mito para reemplazar así la imagen religiosa del mundo.
La ciencia no es el problema. El problema es la soberbia en la ciencia que creyendo saber cómo funcionan las cosas cree saber también por qué existen. Y el pobre hombre, con toda su ciencia, no ha sido capaz de crear algo que se aproxime a una sola de las leyes que ha descubierto.