La escritora tenemos tres “ismos” que definen el sentimiento de la mayoría de los catalanes: el catalanismo, el nacionalismo catalán y el independentismo. Y la mayoría de ciudadanos muchas veces no acabamos de saber a cuál de ellos acogernos.
Comenzando por el final, se dice que las encuestas hablan de un 16 por ciento de independentistas. Yo creo que en momentos en que nos sentimos despreciados por los castellanos, ese porcentaje sube como una fiebre. Es una actitud que tiene mucho de reacción y, en algunos casos, resulta simplista como vía rápida al “si no nos respetan, lo mejor es independizarnos”. También es verdad que nadie ha dicho en qué consistiría exactamente eso de independizarse, porque puede sonar muy bien eso de querer ser un estado catalán, pero antes hay que pensar sus consecuencias económicas: Catalunya “exporta” buena parte de su producción al resto de España. ¿O nos tendría que dar igual que el país se hundiera económicamente a causa de su independencia?.
El lado más suave del sentimiento propio de los catalanes es el catalanismo: contemporizador, benevolente y sin acritudes. En medio queda el nacionalismo, o reclamar para el sentimiento, la dignidad y la esencia de los catalanes un pacto con España, en tanto Catalunya es una nación que forma parte de ella.
Magí Torner en su libro “De la España Grande a la Antiespaña” sostiene con razón que hubo un gran España fruto de pactos entre los distintos reinos, todos ellos fundadores de esa unión aportando sus territorios y sus gentes; y que fue el desgraciado choque sucesorio de 1714 el que dio al traste con aquella conveniencia, imponiendo una España centralista, con dominio castellano sobre los demás territorios, y con especial fruición sobre Catalunya. Esa fue la Antiespaña de la que todavía –mantiene Torner- no nos hemos deshecho. Hasta que no lo hagamos, no levantaremos cabeza colectivamente ni unos ni otros.
Jordi Pujol en el segundo volumen de sus memorias que acaban de aparecer plantea que la simplificación sobre lo que tiene ser la articulación de España lleva a muchos a posturas extremas; así hay asturianos que dicen que España sólo es Asturias y que el resto es territorio ganado a los árabes. Y castellanos que no conceden ni un ápice del sentimiento de que “España es nuestra” como si permitieran o toleraran que en Catalunya vivan los catalanes. Con semejantes posturas, no llegaremos muy lejos.
La gran asignatura pendiente de España es la recuperación de su pasado y su puesta al día, porque nada se ha conseguido durante décadas, siglos, con imposiciones, recelos, cortapisas y actuaciones centralistas. Con los años, ni Catalunya ha perdido su identidad ni hay atisbos de que lo haga.
Lo que no supieron hacer en la transición nuestros políticos siempre amenazados por peligros reales, que tratando de llevar adelante un proyecto incompleto, corresponde ahora al rey Juan Carlos, al menor como impulsor de una idea sobre una salida a la vertebración de España. Se me dirá que un Borbón no traicionará a sus antepasados; pero responderé que sólo hay un camino para hacer encajar de nuevo a Catalunya con el resto de España, de lo contrario, las piezas del puzzle no se complementarán.
¿Es esta salida que no se vislumbra en el horizonte lo que podríamos llamar la “salida nacionalista”?. Da igual el nombre, lo importante es que parece la única en la que se podría poner fin a a los desacuerdos entre unos y otros. Desacuerdos que, sin gran debate y un espíritu conciliador, seguirán hiriéndonos a todos, pero especialmente a los catalanes.