Alex Saldaña -
Tarragona -
25/06/2008 08:08
No consigo evitarlo; soy incapaz de referirme a la Noche de Sant Joan, mágica donde las haya, sin que me invada la mente aquella magistral –como casi todas las que firma– canción de Joan Manuel Serrat, Fiesta. Y es que hay pocas cosas que definan tan bien esta celebración como los versos del Nen del Poble Sec.
Claro que, como él también canta, «...el sol nos dice que llegó el final...». Es lo que tienen las noches de fiesta: que acaban. Y cuando eso ocurre, en la calle, en la arena de la playa, en las cafeterías, se cruzan los que vienen con los que van, los que apuran los últimos instantes de lo que ya fue, muy a su pesar, una noche de juerga con quienes, descansados, buscan en el sol esa energía para comenzar un nuevo día. Y esta mezcla da pie a imágenes y situaciones, cuando menos, curiosas. Como la de una familia madrugadora que desayuna en la playa, ajena a las decenas de bolsas de basura que la rodean, a los afanosos trabajadores de la limpieza e incluso a ese mozo que, más ajeno todavía –a todo– yace en el suelo con la camisa como almohada. Sí, eso también forma parte de la magia de la noche de Sant Joan, en la que conviven en perfecta armonía mundos tan diferentes.