El adiós maravilloso de tantos pobres a Vicente Ferrer me ha traído al recuerdo a la admirable Teresa de Calcuta. Aprendió de sus padres la solidaridad. Su hermano contaba de su infancia en Albania: «Todos los días teníamos a alguien a comer. Yo preguntaba a mi madre: ¿Quiénes son?. Ella respondía: Son nuestra gente».
Cuando Teresa, como Vicente Ferrer, había hecho ya una gran obra en la India, abrió casas en todo el mundo, con un mensaje: «Los más pobres son los que carecen de amor». Recuerda que fue a un asilo muy bien montado y advirtió que todos «miraban a la puerta» esperando que entrara alguien de su familia.
Un día fue a llevar pan a una familia con ocho niños. La madre separó la mitad, salió y regresó. Había ido a casa de una vecina. Sabía que también pasaban hambre. Cuando lo contaba, no alababa tanto su solidaridad como el hecho de que conociera quién estaba necesitado. «Si no conocemos a los pobres, ¿cómo vamos a amarlos?», preguntaba.