Causó extrañeza la ausencia de una adecuada representación oficial catalana al entierro de Vicente Ferrer. En contraste con España, que envió al presidente del Congreso, José Bono, tercera autoridad del Estado tras el Rey y Zapatero, Catalunya envió a Roser Clavell, viceconsellera de la Vicepresidencia.
Resulta clamoroso considerando la facilidad con la que el presidente del Parlament y los consellers del Govern viajan a cualquier parte, por ejemplo, a ver pruebas deportivas muy diversas.
Cierto que un funeral es menos divertido, pero merecía una representación más alta. Máxime cuando hablamos tanto de «catalans universals», cuando abrimos representaciones en el exterior, y la televisión autonómica tiene un programa que busca a catalanes que hagan algo por los cuatro puntos cardinales. En el entierro de Ferrer no hubo ni una corona de flores enviada por la Generalitat que se mezclara con las flores sencillas de los pobres agradecidos.