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Empiezan a pasar cosas...

La gente conocía o sospechaba que existían desvergonzados pero rara vez se investigaba

Publicado: 00:27 - 04/08/2014

Durante años, ha dominado la convicción de que aquí nunca pasaba nada. Un modo coloquial de resumir la percepción de que ningún dirigente se veía forzado a asumir responsabilidades por actos que, a ojos de la mayoría, andaban escasos de honestidad. Tenía algo de tópico o lugar común, pero no estaba falto de justificación. De alguna manera, la gente conocía o sospechaba la existencia de desvergonzados, sólo que, por pereza de unos o dejación de otros, rara vez se investigaba, no aparecían pruebas y el escarmiento no llegaba o quedaba en testimonial. Se presumía que abundaban intocables de los que era arriesgado incluso dudar. ¿Influía también el temor de ir contra corriente, cuando se creía que todo iba mejor que nunca? A lo mejor eso explica que cierto cambio empiece a percibirse cuando tantas cosas van a peor.

Sin resucitar ansias inquisitoriales –algunas históricamente perversas-, no cabe negar complacencia al ver que se investiga, juzga y condena a quienes han abusado descaradamente de su posición, haya sido en provecho propio, en beneficio del entorno más directo, del partido... o de todos a la vez. Quizás exista riesgo de ensañamiento, pero sería lógico contraste, contrapeso si se prefiere, a tantos años de percibida impunidad. Ver sentados en el banquillo o camino de la cárcel a personajes que hasta hace poco parecían a salvo de todo devuelve un poco de fe en el sistema; sin duda, más que necesitado de redimirse ante la sociedad. Es verdad que aún no están todos, pero emerge la esperanza de que los que faltan acaben por estar. Será la confirmación de que la indignante veda imperante durante años se está levantando sin vuelta atrás.

Los tiempos de “nunca pasa nada” han generado amplia indignación en la sociedad, exacerbada a medida que la crisis ha ido repercutiendo y afectando por doquier. No sólo por constatar que la indecencia salía bien librada, sino también por el descaro con que los pillados recurren a excusas, pretextos y versiones que insultan la inteligencia común. Entre los más frecuentes, envolverse en banderas colectivas para tratar de convertir dudas razonables sobre la conducta personal o institucional en agravios y agresiones contra lo que pretenden encarnar o representar. Un vicio ante el que cualquiera debería exclamar “yo no soy tonto”, usando el eslogan comercial de una cadena de distribución low cost.

Empiezan a pasar cosas... pero tendrán que pasar más. De entrada, que devuelvan lo que se han llevado, haya sido metiendo la mano en la caja o percibiendo comisiones al borde de la extorsión. Igualmente, antes o después habrán de pedir sincero perdón por lo que han hecho, no por la versión tramposa elegida para eludir la verdad. Y, por descontado, tocará renunciar a cualquier cargo, ejercicio u opción representativos; presente, futuro y a perpetuidad. Deberá ocurrir de parte de autores, cómplices, consentidores y silentes encubridores probados, pero también a iniciativa colectiva de partidos y grupos a cuyo amparo ha ocurrido todo. Prestar aquiescencia o avalar las falsedades de los desvergonzados no es tan grave como haber participado o resultado directamente beneficiado de la tropelía, pero invalida para encabezar la regeneración que tantos prometen, por imposible credibilidad.

Por decirlo suavemente, asombra que los partidos sigan cruzándose reproches y recriminaciones por estar incursos en causas judiciales, teniendo como tienen o han tenido dirigentes imputados y condenados por actos cometidos en el ejercicio del cargo político, muchos con la perspectiva de tener más, a no tardar. Pretender que el conjunto y en especial los dirigentes no están contaminados por las acciones de quienes fueron compañeros, subordinados o mentores se puede entender como un intento de salir indemnes, pero a menudo choca con el sentido común y no pocos indicios de que como mínimo toleraron, ignoraron deliberadamente o quién sabe si incluso facilitaron con su pasividad.

Lo políticamente correcto reza que la mayoría de eso que empieza a llamarse “casta política” actúa con decencia y honestidad. Seguramente conviene pensar que es cierto, pero si los limpios que están dentro no lo hacen pronto, otros recibirán mandato para regenerar el sistema, salvando el actual o lanzados a ensayar otro, a saber cuál.

No reparar el modelo, sustituyendo las piezas –personas y conductas- defectuosas, sería como despeñar el coche por un barranco porque se ha encendido el testigo avisador de avería... en vez de llevarlo al taller.


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