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El desencuentro turco

Aumenta la presunción de que todo haya sido un ´autogolpe´ para reprimir a la oposición

Publicado: 19:47 - 24/07/2016


Ya se sabe: cuando un golpe de estado no triunfa rara vez queda claro cómo, por quiénes ni con qué propósito se organizó. Aquí aún andamos a vueltas con sospechas y especulaciones sobre el verdadero alcance del intentado en febrero de 1981... ¡35 años después! Tratar de expurgar todos los avatares de la asonada turca de la pasada semana suena, pues, a empeño difícil, aunque muchos se estén atreviendo a pontificar.

Pese a ser el engarce geográfico entre Europa y Asia, o precisamente por eso, Turquía es desde siempre un país difícil de desentrañar. Lleva cerca de un siglo tratando de cuadrar el círculo entre una pretendida occidentalización y el mantenimiento de su asentado sustrato islámico. Intenta mantener, al tiempo, un cierto equilibrio en sus relaciones con bloques contrapuestos, aunque con el discutible éxito de no llevarse del todo bien con ninguno de los dos. Ocurrió en los tiempos de la guerra fría, a base de no extremar hostilidades con la Unión Soviética desde su pertenencia a la Alianza Atlántica (Otan). Y está sucediendo ahora, en un intento –por ahora, vano- de permanecer fiel a su adscripción suní, pero sin entrar en confrontación directa con el Irán chií, con el que comparte frontera y dependencia tanto comercial como energética.

Siria ha sido la crucial puesta a prueba de su estrategia de equilibrio, también en el plano interior. Su implicación en el conflicto ha sido causa de amplias disensiones en la cúpula militar, pero también de que Estado Islámico haya tomado el país como objetivo de sus ataques terroristas. Aunque tampoco ha evitado que Estados Unidos considere que no hace suficientes esfuerzos para reprimir las actividades del islamismo más radical. Un escenario además complicado por la pervivencia del conflicto kurdo y el fracaso del proceso de paz iniciado en 2012, con persistentes sospechas en Ankara de que existe simpatía -¿y apoyo?- hacia el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en muchas cancillerías occidentales.

Parte de la dirigencia turca entiende que Occidente no ha valorado como es debido su compromiso con la Otan, su incorporación a la Ocde en 1961 y la añeja solicitud de adhesión a la UE. En pocas palabras, su para ellos clara e inequívoca apuesta por la modernidad laica y democrática, en contraste con el resto de su convulsionada área geopolítica. ¿Ha faltado sensibilidad para facilitar la aspiración turca, diferencial en la extensa comunidad islámica? Justo es admitir que no les falta razón.

Buena parte de las capitales comunitarias han visto y siguen viendo con enorme recelo la posible incorporación de Turquía al club. Exponentes de ello son la parsimoniosa evolución de las negociaciones de adhesión o el intento de declarar el cristianismo como fundamento de la Unión, inserto en el frustrado proyecto de constitución apadrinado por Giscard d’Estaing. Varios socios no ocultan su escasa disposición a admitir al que sería segundo país más poblado, tras Alemania, con su latente potencial migratorio acogido a la libertad de tránsito intracomunitario. Suspicacia acrecentada por la amenaza del islamismo radical, por más que no se haya encontrado conexión entre los autores de atentados y la amplia comunidad de origen turco ya instalada dentro de la UE.

Ha sido, curiosamente, el fenómeno migratorio lo que ha motivado el acercamiento más reciente entre Ankara y Bruselas, materializado el pasado mes de marzo en un acuerdo de cooperación para atenuar la crisis de los refugiados, tenida por muchos como una de las principales amenazas al futuro de la integración europea. Al compromiso turco de frenar la avalancha hacia el interior de la UE, las autoridades comunitarias opusieron tres compromisos, de momento pendientes: aportación de hasta 6.000 millones de euros en ayuda, supresión progresiva de visados para los ciudadanos turcos y desbloqueo de varios capítulos de las negociaciones de adhesión. Desde entonces, se ha reducido la presión migratoria en la frontera turca.

Sobre esa realidad hay que enmarcar el intento fallido de derrocar al presidente Erdogan y, tanto o más, lo que ha venido después. Que el régimen esté aprovechando la intentona para culminar un proceso de depuración de todos los elementos disidentes, militares y sobre todo civiles, ya iniciado anteriormente, alimenta las sospechas de que el golpe no fuera lo que se quiere aparentar que fue. La perspectiva de que devenga en un duro autoritarismo presidencialista, junto a la posibilidad de que se reimplante la pena de muerte, van a ser, están siendo ya, ingredientes más que disuasorios para un estrechamiento de vinculaciones que conviene a ambas partes, aunque no siempre se haya querido reconocer.

Los mutuos recelos, en lugar de a menos, amenazan ir a más. Erdogan llevaba tiempo jugando con el espantajo de la conspiración externa. En mayo, forzó la dimisión de su primer ministro, Ahmet Davutoglu, tras la acusación lanzada en un blog de haber conspirado contra él con el apoyo de Alemania. Ahora, ha decidido imputar a Estados Unidos implicación en el fallido golpe por acoger a su antiguo aliado y hoy principal disidente, el predicador Fethullah Gülen, aunque éste ha negado cualquier relación con el grupo de militares sublevados. Y, de forma más o menos solapada, aumenta en varios países la presunción de que todo haya sido una suerte de autogolpe, orquestado para reprimir la creciente oposición interna al poder personalista del presidente Erdogan.

Todo apunta, pues, a que el desencuentro que siempre ha dominado entre Occidente y Turquía, en lugar de menguar, tiene amplias probabilidades de ir ampliándose: el típico proceso en el que nadie gana y todos pierden, aunque anime por ambas partes el dudoso consuelo de que el otro va a perder más.


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