Los secretos de la ciudad romana se disfrutan ‘a la fresca’
Norián Muñoz |
06/08/2009 20:57
Cuando cae el sol, Tarraco -que así llama el guía a Tarragona en honor a su pasado de capital romana- muestra otros tonos, el calor da una tregua y es la oportunidad perfecta para descubrir el pasado entre las piedras de la ciudad. Una buena forma de hacerlo es a través de una de las visitas guiadas que, por verano, organiza el Museu d'Historia. Nos apuntamos a una que ya es clásica, Tarraco patrimoni mundial, y la primera sorpresa es que hay 44 personas más inscritas. Dividen a los asistentes en dos grupos.
El recorrido arranca en las murallas. Las abren sólo para nosotros y allí ‘Paco' Tovar, guía de la visita, comienza por recordarnos que Tarraco es la ciudad romana más antigua fuera de Italia.
El primer campamento se asentó en la zona donde hoy se encuentra la Catedral. Había que construir rápidamente un muro defensivo y esa historia también queda escrita en la muralla. Basta con fijarse un poco para notar que en la parte inferior, la más pegada al suelo, las piedras son más grandes, están menos trabajadas, aunque encajan perfectamente. La parte superior del muro también cuenta cosas, como las marcas que tienen algunos bloques. Son la muestra de que la muralla no sólo fue construida por esclavos, sino también por mano de obra asalariada. Los picapedreros hacían aquellas marcas para cobrar su trabajo.
Polémico regalo
Paramos en la Torre de l'Arquebisbe. Justo en frente, con la mano en alto, está la estatua del emperador Augusto, donada por Mussolini en 1934 y que dio más de un dolor de cabeza al entonces alcalde la ciudad, el republicano Pere Lloret, que, por recibir el regalo, se ganó críticas enfurecidas de los simpatizantes de la izquierda y los aplausos de la derecha, relata el guía.
Después damos un repaso a la Torre del Seminari y a la de la Minerva. En esta última, otra curiosidad: un pequeño relieve de la diosa, apenas visible y que suele pasar desapercibido. También nos enseñan dos cabezas, pero éstas toca más bien imaginárselas.
Dejamos el recinto amurallado y entramos esta vez por el Portal de Sant Antoni -que nos dejan bien claro que no es romano- para dirigirnos a la Plaça del Forum. En ese pequeño cúmulo de piedras al lado del cual se ubica una animada terraza toca esforzarse en imaginar cómo era aquel antiguo complejo de casi ocho hectáreas capaz de albergar a dos mil trabajadores. El guía nos hace colocarnos en diferentes ángulos para visualizar cómo, donde hoy hay edificios, antes había una estructura de tres pisos con un enorme jardín.
Ejercicio de imaginación
El mismo ejercicio de imaginación continúa en la Plaça del Rei y sigue en el Pretori. Dentro del museo nos reciben, aunque son casi las doce de la noche. Delante de una maqueta resulta más fácil entender ese puzzle de pistas sueltas que es la Part Alta. Queda al descubierto el enorme conjunto formado por la zona del templo de Augusto -mucho más alto que la Catedral actual-, el Forum y el Circo. Toda una proeza de construcción en tiempos de crisis y de posguerra. Entonces también se sabía de propaganda.
La visita acaba en el Circo. Primero revisamos los pasillos interiores, usados hasta los ochenta como alcantarillado. El ambiente, aunque todo está iluminado, es serísimo, pero enseguida el guía nos hace recordar cómo los romanos fueron los antecesores en eso de comer mientras se veían los espectáculos. Aquí estaban las tabernas donde se bebía vino y se degustaba alguna tapa. En las escalinatas reparamos en una pared conocida como fornic, porque allí estaban las meretrices de la época.
El circo tenía capacidad para 30.000 espectadores, en una ciudad de 40.000 habitantes. Pero cada uno tenía su sitio: las clases más pudientes, debajo, y el pueblo llano, en el gallinero. Hoy, en el Circo, de noche, sólo están los gatos, nosotros y unas piedras que, a la luz de la luna, cuentan más cosas.