El otro día pasé por delante del patio de un colegio donde una veintena de niños y niñas estaban sentados en el suelo, mientras un profesor decía: «haced la mariposa».
Los críos, con las piernas dobladas y los pies pegados planta contra planta, batían las piernas con tal de simular el aleteo de las mariposas, machacando con más o menos suerte las ingles, mientras el profesor dedicaba su clase de educación física a charlar con otros colegas.
Digo más o menos suerte, porque nadie corrigió las ‘chepas’, espaldas y cuellos totalmente abandonados, la forma de apoyar los ísquiones y los glúteos, etcétera.
Yo recuerdo una educación física en los años sesenta y setenta totalmente contraproducentes para el cuerpo, ejercicios bruscos y objetivos absurdos de los que me fui salvando haciéndome la tonta o la cobarde y que reflejo aquí sin pudor alguno, como saltar aquellos aparatos infernales, potros con colchonetas y demás, que bien podían desnucar a uno, siempre tentando la suerte… jugando con el sentido del ridículo y de la osadía de los niños y que ningún profesor demostraba por sí mismo, limitándose a decir: «haced esto».
Me pregunto cómo es posible que a un niño de primaria, que tiene bien poca conciencia de su esqueleto, sin modelo que imitar, o sea el profesor, y sin espejo dónde mirarse, estudiarse y obtener cierto criterio de pose y corrección, se le diga «haz esto», a no ser que sea para pasar el rato y cumplir uno de esos expedientes más del sistema educativo. En educación física también vamos a la cola de Europa.