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Las palabras bonitas no arrastran al votante exigente

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13/03/2011 18:12
Ya estamos otra vez… Cuando todavía faltan más de dos meses para las elecciones municipales, y aun a riesgo de aburrir al personal antes del inicio de la campaña oficial, los principales aspirantes a la alcaldía de Tarragona ya han planificado un sinfín de eventos para promocionar sus respectivas candidaturas. En mi cuenta de Facebook no dejan de aparecer invitaciones para eventos de diferente color político: el jueves, acto público de Fernández y Gallardón en el Colegio de Abogados; el viernes, conferencia del alcalde en el Port para hablar sobre su proyecto; el sábado, carpa informativa de Victòria Forns en la Rambla Nova… De momento he cumplido con todos, aunque creo que me planto. Es probable que el tempranero arranque de la carrera consistorial se deba a la incertidumbre sobre unos resultados electorales más abiertos que nunca.
Según los entendidos, la suma de concejales de CiU y PP rondará la cifra de escaños conseguida por PSC más sus posibles aliados de izquierda, en el hipotético caso de que éstos existan. Los aspirantes lo saben, y no pierden la más mínima oportunidad para dejarse ver en la alfombra roja local. Este mismo lunes asistí a la presentación del nuevo libro de mi querido Antoni Coll, a la que no faltaron los principales candidatos en liza. Allí mismo, a la vista del poco disimulado panorama, un buen amigo me comentó –con razón– que si la subsistencia de nuestro trabajo dependiera de ello, sin duda, todos acabaríamos haciendo lo mismo. Las espadas están en todo lo alto, y el que se duerma lo pagará caro. Hagan juego, señores.
La continuidad de Josep Fèlix Ballesteros como alcalde de Tarragona corre serio peligro, y no sólo porque se presente bajo unas fatídicas siglas que se han convertido últimamente en sinónimo de mala gestión, despilfarro e improvisación. Ni siquiera el tirón personal del candidato socialista ha sido capaz de detener la creciente sensación de desánimo e indignación de una ciudadanía ninguneada en el reparto de la inversión pública, especialmente entre aquellos votantes convencidos de que la gestión municipal va más allá del mero mantenimiento de los servicios básicos. Si obviamos las actuaciones dirigidas a bolsas de voto perfectamente identificables, y olvidamos las inauguraciones de infraestructuras ya iniciadas por el anterior equipo de gobierno, es poco lo que nos queda. A nivel mediático, será complicado concurrir a unas elecciones municipales con unas escaleras mecánicas debajo del brazo, por muy convenientes que sean, o la restauración de un acueducto romano, una obra estupenda que apenas repercutirá en la calidad de vida de los ciudadanos (salvo que los amish se hagan cargo de Ematsa). Las palabras bonitas no arrastran al votante exigente.
Aun así, la candidata de CiU tampoco las tiene todas consigo. Ha debido trabajarse arduamente una proyección mediática que compensase su limitado historial político, mientras esquivaba el juego sucio practicado desde el PSC por su lugar de nacimiento. Tampoco ha disfrutado de un respaldo explícito y cercano de los líderes nacionales de su formación, enfrascados en reflotar las paupérrimas cuentas de la Generalitat, y cuyos intereses parecen no traspasar el límite del Penedés. Para colmo, las disensiones internas de su federación local han desdibujado el perfil de una formación que presuntamente intentaba vender la imagen de un indestructible acorazado político. Si alcanza la alcaldía en las elecciones de mayo, tendremos Victòria Forns para rato; si no, es posible que Joan Aregio la haya quemado para siempre.
Por otro lado, Alejandro Fernández afronta los comicios que pueden consolidarlo definitivamente en el panorama político local. Aunque el despegue electoral de los populares parece incuestionable, el candidato conservador deberá tener en cuenta la urticaria que la marca PP sigue provocando en miles de votantes catalanes, más allá de que sintonicen genéricamente con sus propuestas concretas. En ese sentido, ha sido un indudable acierto recabar el apoyo expreso del alcalde de Madrid, un dirigente capaz de sintonizar con un importante sector del centro derecha catalán. No es difícil pensar en otros personajes que habrían logrado el efecto contrario, como por ejemplo José María Aznar, una auténtica arma de destrucción masiva electoral por estas tierras…
Por su parte, el trabajo llevado a cabo por ERC en el Ayuntamiento puede verse eclipsado por diversos factores que actúan en su contra: su lamentable participación en el tripartit, su posterior debacle en las elecciones autonómicas, sus interminables luchas cainitas, su penosa actitud en la cuestión de la capitalidad, sus indescifrables relaciones con Laporta… Todo apunta a que la ciudadanía propinará una bofetada a la dirección independentista en la cara de un Sergi de los Rios que, para su desgracia, se encuentra en el lugar equivocado en el momento menos indicado.
¿Y qué decir de ICV? Un consejo de amigo: si a alguno de ustedes se le ocurre convertir la antigua Tabacalera en una madrasa, pospongan la propuesta hasta el mes de junio. Es sólo una sugerencia.




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