He asistido a un cuarto de ceremonia de la comunión de un sobrino. No participaba en una desde la mía, así que algo de criterio he ganado y un poco han cambiado las cosas. Si no fuera por la ostentación de princesitas o mininovias –casualidad que yo la hice el año en que se puso de moda el corto y sencillo–, marineros y hombrecitos trajeados, me hubiese asomado un viso de ternura.
Al párroco no se le escapó avisar de que esperaba que aquellos mismos niños cristianos acudiesen a la Iglesia antes de su lejana boda. Todo un símbolo a trabajar en el real mantenimiento de la Fe. El párroco usó un lenguaje afable y a la altura intelectual de los niños, cosa que es de agradecer, y ahora cuestiono si es realmente necesario acudir a recibir a Cristo por primera vez con la obligación taxativa de confesar pecados. ¿Qué pecados ha cometido un niño de 9 años? Mi marido me contaba que le dijo al párroco que no tenía pecados. Se lo dieron por bueno.
Esa inocencia que siempre nos parece que dura muy poco. La reunión familiar en una pequeña mesa –creí por un momento que en vez de acompañar a mi sobrino se estaba jaleando a la streap-tease en una despedida de soltero– y unas fotografías donde busco en mi mirada, fidedigno papel kodak años 70, ese pecado que había que contar y que yo tampoco, como el resto de los niños del mundo, no tenía para confesar.