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El castigo por matar una mariquita

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Carolina Figueras Pijuan | 06/06/2011 10:35

En relación a la carta de la señora Gloria Vicente, estoy de acuerdo totalmente con usted. Una niña de 4 años aún no tiene conciencia ni de su cuerpo ni de lo frágil que es la vida y mucho menos del bien y del mal. Matar un insecto no es digno de castigo ‘tan ejemplar’. Sobre todo cuando un crío no sabe que eso es causa de castigo y efectivamente actúa por imitación de los adultos. Me he encontrado a niñas de 8 años que se creían en el deber de matar mariquitas porque según ellas eran venenosas. Riendo, riendo se lo he quitado de la cabeza. Razonando. Me parece muy absurdo e innecesario el castigo por estos asuntos de respeto por la naturaleza y los seres vivos, cuando más adelante tendrá que volver al aula con la consabida caja de gusanos de seda, una tortura sólo comparable a la de los renacuajos, eso sí, para el estudio de la naturaleza.

El otro día una de mis alumnas apareció en clase de danza con un pollito al que abrió la caja y acomodó para que contemplara sus bailes… ya tenía una relación afectiva con él. Le pregunté qué pasaría cuando se haga mayor y me dijo que se lo comería. Yo a mi edad puedo prometer y prometo que no pienso comerme nada si lo tengo que matar yo y menos si forma parte de la familia, y me mira a los ojos mientras lo alimento y acaricio. Será un desarraigo antropológico. Recuerdo el trauma de una amiga mía que, en la edad de tener pollitos y gusanos de seda –en circunstancias parecidas–, estuvo criando al inocente pollito y llegado el día del festín su padre le obligó a matarlo con él y a comérselo. Para que luego envíen a los críos de colonias a las granjas. Directamente a Supervivientes, que les darán de lo bueno a estos pardillos de famosos que se ahogan en una isla de nada.

Antes de castigar hay que hacer entender la responsabilidad de nuestros actos. Tanto pedagogo ejerciendo, y tanto niño desorientado ante el sistema que efectivamente le da permiso para estampar a una mosca y demás bichos. Estos profesores que se toman la educación por su cuenta, aplican valores individuales con métodos –véase el ejemplo– altamente pedagógicos. Un castigo delante de los demás es una grave falta de respeto a la persona y sólo un abuso de autoridad. Esa era la educación de los setenta. Habrá algo más eficiente, digo yo.





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