Pasada la euforia de la Barcelona olímpica, y a pesar del diseño de vanguardia que han tomado las calles, esta que es una ciudad preciosa también se está convirtiendo en sucia y huele a cloaca y meados, no de perros precisamente.
Las aceras, único espacio del viandante, son simples aparcamotos. El tráfico de bicicletas se hace sitio a empujones sobre peatones vulnerables también a todo tipo de delito y robo.
Si de pluralidad y convivencia se trata, algunos barrios se están convirtiendo en guetos dentro de guetos. Y encuentro entre mis conocidos de antaño, ya foto descolorida, puesto que soy barcelonesa, una desconfianza no sé si exagerada pero preocupante. En Barcelona se ha de circular con la guardia puesta y dentro de poco con un cinturón 4.º DAN.
Vuelvo cada vez de Barcelona deseando llegar a Tarragona. Convencida del cambio realizado hace años. Y les digo a mis amigos que aún están a tiempo de exiliarse a una población costera, como Cambrils, donde afortunadamente la calidad de vida permite soñar despierto y realizar ese sueño que anida y se esfuma en tantas casas, guaridas y recovecos de hacinamiento del modelo de la gran ciudad. La capital.
Qué bueno ser de pueblo a pesar de lo mucho que critico a quienes lo gobiernan. A ver si este nuestro sueño –pues sin vanidad digo que escribo lo que piensan muchos pero no quieren hacer amigos tan fácilmente como yo– también se hace realidad.