Lo de las redes sociales acorta distancias y destapa verdades obviando la cansina reverencia, cuando no pleitesía, a ciertos personajes que, por mucho que se describan a sí mismos como del pueblo, hay que pedirles audiencia y te hacen caso si cuentas, sólo, porque algo tienes.
Mandé un mensaje privado al señor Robert Benaiges y no me respondió nada. Estaba en su derecho. No me sorprendió. Yo soy una ciudadana con inquietudes, no una spamer o maníaca. Pero como voy de frente y los rodeos me impacientan tanto como los encuentros casuales de obtuso diálogo, le he enviado una opinión postelectoral, tal como la envío al Diari.
A esa opinión titulada: ‘Atención, cuidado y peligro’, sí que me ha respondido. Básicamente para agradecerme que no le envíe más. Hasta aquí todo sería correcto. Corto y fuera. A no ser por la oportuna frase que me ha dedicado y que resume el talante de un gobernante demócrata y trabajador. «Me importa un bledo tu opinión», me ha dicho. Brillante. Curiosidad.
Ahora que no hay nada que enviarle, por respetar sus deseos que jamás serán órdenes para mí, abandono el detalle de susurrarle en tiempo real –lo comprendo, es halagüeño recibir mensajes de apoyo más que de crítica– y podrá así seguir ignorándome en las cartas al director del Diari o a hurtadillas en mi blog. Esto de la política engancha más que lo de Sálvame. Me fascina.