Paro a tomar un café cerca de la Plaça de l’Ajuntament. Me dice Andrés que tome café y lea la prensa… Un señor que trabaja allí toma su tentempié de las 11 y algo. Le pido el Diari, que guarda bajo su codo, con la excusa de ver si hay carta publicada. Él me mira fijamente y sonriendo me dice: «No… hoy no te han publicado.» «Ah! Pero… ¿sabe usted quién soy yo?» «Claro» me responde. Enarco una ceja. Me siento fichada pero se me pasa la paranoia. No percibo hostilidad. Por lo de la leña, digo.
Esta persona me dice lo mismo que una eficiente y amabilísima señora que atiende en la OAC. Los dos, funcionarios, se expresan brevemente y casi bajando la voz. «Tu dices cosas que muchos pensamos y no podemos decir.» Me esperaba cualquier cosa crítica, menos ser una médium de seres con bocas censuradas. Suena a complicidad encubierta. A película de espías, low cost.¿Es que trabajar en la Casa no te da derecho a opinar en libertad? Pues parece que no. Parece que está mal visto, o incluso puede resultar contraproducente pensar diferente de quien sólo te manda en el trabajo y no en tu vida; una vida que comprende creencias, gustos, criterios y privacidad, fuera de la jornada laboral. ¿Vale el sueldo mensual tu silencio?Sigo con el café y me dice la señora de detrás de la barra: «Pues hay una clienta que dice que le gustaría saber quién es esta Carolina.» Lejos de invocar al ego y subirme para hacer ‘puenting’ o hacerme la chula y saltar sin red, me pregunto si será para darme en el cuarto de mejilla que me queda libre de bofetadas. Pues no. Que dice que le caigo bien… y que tengo razón en muchas cosas que digo. Y me entra un aire de paz con el último sorbo de café.