La más simple aplicación de correo electrónico nos permite derivar el e-mail no deseado, a través de filtros, por remitente o asunto, directamente a la papelera. En las porterías, además de la consabida y cansina pegatina del cerrajero urgente, existen avisos moderados o tajantes de que la publicidad no es de nuestro agrado. En cambio, en estos tiempos tenemos dos casos curiosos. Uno es el abuso de vendedores telefónicos en franjas horarias muy molestas, presionados, aunque no es nuestro problema, por la necesidad de facturar un mínimo diario o mensual para conservar su puesto de trabajo.
En cuestión de economía doméstica creo que todo el mundo se está mirando su propio ombligo. Si quiero una línea telefónica o de ADSL me la busco yo, pero los de Plastatel no se enteran por más que les exijo que me borren del sistema, del listado y de su existencia… son verdaderamente insufribles. Hay más cosas que vendernos hasta el aburrimiento desde gas, limpieza, o vino. Digo curioso, esto de ser receptores de información consumista a troche y moche, porque podemos, a través del correo electrónico, dar o denegar el permiso para recibir publicidad de cualquiera, y si no nos respeta, además de llamarles spamers, se les puede denunciar. Y en cambio, está la propaganda electoral que vuelve a casa no por Navidad pero sí en cada campaña, teniendo en el buzón sobres y sobres a mi nombre, o sea que yo, que no consto en guía pública alguna, he salido limpiamente de una lista de empadronamiento en mi ciudad, obsequiada, además, con la papeleta que debo elegir. Estos, todos, spamers políticos que siempre ponen las barbas a remojar a medida que el vecino se las afeita, cansan todavía más. Cansa su gasto de material y tinta inútil, cansan sus promesas de papel mojado o reciclado, y lo que más… que ninguno de ellos me pida permiso para enviarme su publicidad pura y dura, sólo porque se las han apañado para personalizar el sobre con mi nombre.
En un contexto de austeridad… yo hace tiempo que digo que antes están las personas y su seguridad que la iluminación navideña, el despilfarro de los fuegos artificiales en las tropecientas fiestas locales de la ciudad o de la autonomía, antes que las vallas electorales, panfletos y pancartas con sonrientes líderes. Los ciudadanos dejamos de ser anónimos sólo cuando a ellos les conviene. Todos ellos, abusadores de nuestra paciencia, de nuestros recursos, de nuestros gustos, de nuestro dinero y de nuestra privacidad o derecho a elegir cómo vivir incluso, en rebeldía o como indignadito acampado, de puertas a dentro de nuestra propia casa.