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El síndrome de Rosa Benito

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CAROLINA FIGUERAS PIJUAN | 20/01/2012 11:12

En 30 años de profesión con máxima plenitud y promoción sin necesidad de demostración ya alguna, he vivido que eso tan legal y primario de las cotizaciones a la Seguridad Social era algo que no iba con la mayoría de empresas, forzándonos en el paso por el aro, siendo que si lo pedías te topabas de frente con la temida leyenda urbana donde solapadamente te eliminaban del circuito.
Dicho esto. Alguien me diría que cambiase de trabajo por algo más ‘estable’ o ‘serio’. O que elegí mal. En los ochenta y noventa nos sobraba el trabajo. Una eligió ser coreógrafa y se formó en ello, igual que tantas personas licenciadas, doctoradas, que desempeñan empleos y se quejan mucho porque no les corresponde.
La falta de oportunidad no afecta a mi autoestima y tampoco ya me deprime. Y a pesar de que gasté mi juventud en trabajar más que otra cosa aunque no conste en la vida laboral y la jubilación sea dudosa, no envidio los derroteros de nadie.
Tengo una vida sencilla y llena, aunque el trabajo que me han ofrecido está muy lejos, y, como Rosa Benito, ahora puedo y sé disfrutar de ir al cine con mi marido.
A pesar de encontrar en el camino a compañeros maravillosos, sigo en esa barricada. Y también lo estuve cuando fui autónoma; hoy en día, más que una solución, es un boleto para un cuadro de ansiedad.
En mi CV pongo «solucionadora de problemas». Soy, pues, candidata al sorteo de empleo del bienaventurado señor Rajoy, que va a salvarnos a los 4.999.999 y a mí, en este nuevo casting de Supervivientes. 





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