El 31 de enero pasado, el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, fue denunciado por la asociación Expresos Sociales ante la Fiscalía por unas declaraciones a TV3 en las que a juicio de dicha asociación se «instaba al odio y a la violencia contra los homosexuales».
Las declaraciones objeto de la denuncia eran estas: «Yo distingo muy bien entre personas y entre el comportamiento de las personas. Todas las personas son hijos de Dios (…) pero hay comportamientos que no son adecuados ni para las personas ni para la sociedad; la Iglesia puede hablar, pero después no obligamos a nada porque no tenemos Mossos d’Esquadra ni prisiones».
Me parece desproporcionado y rayando en lo esperpéntico que en el actual océano de groserías de grueso calibre, vejaciones y otras lindezas, que tiene que soportar cada día la institución a la que pertenece el Dr. Pujol, y que son hijas de la ignorancia que no de la reflexión madura y objetiva, se produzca esta denuncia por unas declaraciones que se hacen eco de un comportamiento (no de personas) que ya en el libro del Génesis (escrito hace miles de años) es considerado como pernicioso por su carácter antinatura y estéril.
D. Jaume, quiero dejar constancia de mi adhesión a su persona en estos momentos y, aunque no hace falta recordárselo, «bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos (Mt 5,3-12)».