Desde hace ya varios meses no hay manera de comprar prensa en la estación de Renfe de Tarragona. Claro que siempre ha sido una estación dejada de la mano del oprobioso monopolio porque, total, apenas es la 5.ª de España en tráfico de pasajeros. En la de Salamanca, que tiene cuatro trenes al día, han puesto un centro comercial donde hasta me comí un excelente falafel (pues sí, en Salamanca, de jamones y chacinas).
Además de mantener los trenes lejos del alcance de discapacitados en desafío, no ya de las leyes, sino de la racionalidad, dejar a los viajeros a la intemperie más cruel y completar una rutina de retrasos intolerable, los negados dirigentes de la Red de Ferrocarriles más subvencionada de Europa con el incompetente de su delegado en Tarragona al frente, nos continúan agrediendo de continuo.
Menos mal que, una vez subido en una renqueante unidad, maloliente y superrecalentada, pude ver a mi lado a un ciudadano africano, ya mayor y canoso, con gafas de présbita, leyendo con suma atención Mirando al futuro sin olvidar el pasado. Los principios de Denver, lo que me hizo pensar que no todo está perdido en este pobre país. Los inmigrantes nos sacarán de ésta, incluso igual pueden con Renfe.