En un debate televisivo entre Reagan y Mondale, el moderador le espetó a Reagan que cómo a su edad esperaba hacer frente a posibles crisis que exigían una fortaleza que a los 80 años de Reagan ya no se tiene. Reagan no se inmutó; sacó disimuladamente una de las tarjetas que le servían de chuleta y dijo: «No sé si fue Cicerón o César quien dijo que si no fuera por los veteranos la sociedad no avanzaría», y añadió: «No voy a explotar para beneficio político, la juventud e inexperiencia de mi adversario». Y Reagan ganó las elecciones. Es el periodista Agustí Farré quien guarda como oro en paño una copia de este debate que es ejemplar, pues encierra múltiples lecciones. La primera, según Farré, que Reagan estaba preparado; la segunda, que dio una lección sobre qué es más importante, si ser fuerte o ser sabio; la tercera, demostró tener una preparación política que arrancaba de los grandes clásicos. En algunas sesiones de trabajo que he mantenido sobre técnicas de comunicación con Farré y Joaquín Arozamena, este último ha llegado a aventurar que seguramente Reagan no sabía quiénes eran ni César ni Cicerón. Da igual, hubo una legión de políticos que se lanzaron a comprar los escasos libros de Cicerón, pues Reagan consiguió la mayor victoria en unas elecciones norteamericanas.
Leer a Ciceron, a Séneca, a Platón, a Maquiavelo o a Descartes, por citar a algunos, y especialmente a Churchill, y también a Lacan o a Unamuno, bien sean sus obras o sus biografías, debería ser asignatura obligada para todo político. Pero no; nos empeñamos en reinventar lo ya inventado, a no seguir los consejos de quienes nos precedieron y a pensar que la sabiduría es un invento, cuando en realidad todo lo que vivieron otros, experimentaron otros con mayor capacidad de reflexión, experiencia y entrega, todo eso es el gran patrimonio al que renunciamos desde la ignorancia. Parece como si actualmente se hubiera dado la consigna de que «ésos fueron otros tiempos» y que nada tiene que ver lo sucedido siglos atrás con lo que vivimos ahora. Y sin embargo, tomamos los Diálogos de Platón y descubrimos que son terriblemente actuales, bajo una forma de clasicismo. Y es que la condición humana no ha cambiado. Hemos inventado internet y creemos que como Catón no enviaba mensajes por Twitter su visión sabia del mundo no nos sirve. ¡Qué error más garrafal! Porque hemos cambiado de herramientas pero seguimos picando sobre la misma piedra: el ser humano imperfecto dentro de una sociedad imperfecta.
Si algún político ha destacado en las últimas décadas en España por su condición de estadista, éste ha sido Jordi Pujol. Un Pujol que lee y relee a Erasmo de Rotterdam, que sigue a Edgard Morin, conoce profundamente a Paul Henri Spaak y a Emmanuel Mounier, después de haberse formado con Plutarco, Schiller, Goethe y Kant, entre otros muchos.
No trato de decir que el político actual debe ser un personaje enciclopédico digno concursante de un programa de televisión para ‘cerebros’, sino que no puede intentar lanzarse a la política sin una base de conocimiento del oficio, de los métodos y la sabiduría acumulada por otros. El político no puede ser un ente solitario que se aúpa sobre sí mismo. Es un ciudadano que deber reconocer a los otros y debe brindarles el camino recto y breve para el bienestar y la dignidad humana. En esta carrera difícil, el hecho de olvidarse de los que saben más que él y prescindir de la experiencia es dar un paso hacia atrás antes de intentar dar uno hacia adelante. Los ciudadanos del más minúsculo y sencillo pueblo merecen el respeto de quienes optan a dirigir sus pasos y ocuparse de las cosas públicas traducido en el esfuerzo por ser los mejores en representar a esos ciudadanos
Cuando un día, por televisión, me atreví a decir que José Montilla era un ignorante tuve la gran satisfacción de generar un pequeño escándalo: se daba por hecho que un buen político –por humilde que fuera su origen– debía tener formación. Me gustó que los contertulianos aceptaran la idea de que un personaje público ha de «estar leído», ser un buen lector. Y Montilla y muchos de quienes le arroparon en el tripartito son políticos que no han transmitido ideas de hondo calado, evidenciando que no tenían esa dimensión de estadistas imprescindible para gobernar Catalunya. Quizás por eso, así nos ha ido durante los siete últimos años.
Nuestros políticos actuales, y los que aspiran a tener cargos de responsabilidad, han de tener un mínimo de formación, un criterio contrastado, una riqueza de ideas y la madurez que brinda escuchar a los que saben –aunque sólo sea por viejos– algo más que ellos.