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Somos lo que decimos

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Josep Moya Angeler | 05/03/2011 09:47

El día en que el antecesor del ser humano se puso de pie, pudo usar las manos. Y al usar las manos, su inteligencia se aguzó y creó herramientas que le fueron útiles. La inteligencia creció rápidamente y sólo a medida que se fue desarrollando, creó un lenguaje. Del lenguaje nacieron las lenguas, formas expresivas donde la onomatopeya juega un papel muy importante, lo que demuestra que el sonido pesa mucho a la hora de decidir una palabra –de ahí las eufonías y las cacofonías– y que aún nos influye el lenguaje de los gruñidos.
Lengua e inteligencia son una misma cosa. A mayor inteligencia, mejor uso de la lengua. Estoy en oposición con Joan M. Puyal, que acaba de decir que «las lenguas no tienen culpa de nada, el problema es de la gente que las manipula». Las lenguas no son entes con vida propia, sino herramientas de nuestra propia mente que, por tanto, están siendo manipuladas constantemente. Lo que ocurre es que si se manipulan como fruto de una voluntad de expresarse con precisión, estamos enriqueciéndolas; yo mismo en los últimos artículos de este diario he utilizado palabras que no figuran en los diccionarios; por ejemplo «incordiante» y «dictablanda». Como dice el poeta Badosa, «no están, pero deberían estar», porque no deforman la lengua y son útiles.
La calidad expresiva está en función del grado de cultura que tiene el individuo. Y tenemos una sociedad con varias capas de calidad, las más bajas de las cuales las forman los analfabetos. Hay muy pocos analfabetos ‘oficiales’, pero muchos ‘analfabetos funcionales’, que son no solamente los que retuercen las palabras («móvis» por móvil, «sufícies» por superficies, «el boca a boca» por el boca a oreja, etc.). Y lo curioso es que tienen acceso a internet, a hablar por radio y televisión, aunque por suerte no acceden a la prensa escrita. Es una capa social que crece con la llegada de jóvenes mal formados, desinteresados por el lenguaje. Así, reducen los calificativos –ésos en cuya búsqueda Pla invertía a veces varios minutos y se fumaba un par de cigarrillos– a varias palabras como «mogollón», «súper» o «tope». El proceso de asnalización (otra palabra que no figura en los diccionarios pero que el lector entiende a la perfección) nos inunda y, lo que es peor, lo hace impunemente. Nadie corrige a nadie, quizás porque nadie desea un mundo mejor a base de pequeños esfuerzos. Así nos va: rodeados de ni-nis que se jubilarán tras una vida de exigir a los padres –y quizás luego a los hijos– que los mantengan.
No podemos permitir que se pisotee el lenguaje, porque significa que claudicamos ante la degradación de la calidad humana. El gusto por el bien hablar es un auténtico placer, quizás demasiado exquisito, pero un placer muy por encima de botellones, hartarse de comida basura y otras lindezas por las que pierden el oremus algunos. Hemos de tratar, sin imponer, este gusto por la expresión justa, que es nada menos que el principal tesoro del Quijote, ese libro que todos tenemos a mano pero que pocos leen y releen disfrutando de la precisión y del juego de palabras. En su defecto, esa pequeña esperanza que es el concurso Pasapalabra, que supone un ejercicio de rapidez mental, dentro de sus errores (no todas las palabras que proponen están, o no están como pretenden, en el diccionario) me parece un ejercicio contra muchas cosas, incluido el Alzheimer.
Pero no basta con llamar a las cosas por su nombre, e incluso destapar nombres poco usados; hay que construir bien el lenguaje, argumentar debidamente. Saber establecer la idea esencial (llamada «mensaje»), plantearla y argumentarla o sostenerla. Evidenciar si se es cartesiano (lógico y metódico, con sentido práctico) o bien orientalista (reiterativo para conseguir la recordación) o bien aristotélico (con silogismos). En definitiva, hay que elegir un camino expresivo y seguir por él, seguros de que lo estamos exprimiendo (y no «esgrimiendo», como dice una famosilla) de nuestras meninges llega con toda su fuerza y frescura a nuestros interlocutores.
Somos lo que decimos, porque al decirlo no hacemos más que reafirmarnos, establecemos y proclamamos lo que somos. Y esto es mucho más trascendental que otras frases análogas como «somos lo que comemos», o «somos lo que soñamos» o «somos lo que pensamos». Mucho más allá de lo que pensamos es lo que decimos, porque decir es la constatación del pensamiento, y no todos los pensamientos se constatan.





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