No es vana la sentencia que dice que «la experiencia es un peine que la vida nos regala cuando nos hemos quedado calvos». Se complementa a la perfección con otra que he acuñado con el paso de los años que reza que «por tarde que nos casemos, siempre nos casamos demasiado pronto». Viene a cuento porque esta primavera que excita las hormonas y hace que la sangre fluya sorprendentemente (muchos cirujanos reconocen que nuestro cuerpo sangra más en primavera) y se presta al mal de amores entre los humanos afecta siempre a los más indefensos que es como decir a los más inexpertos.
Parece que solamente amando es como aprendemos a amar. No hay lecciones de amor, y si hay quien dice impartirlas, conviene huir de tamaño engaño. De la misma manera, aprendemos a vivir a base de acumular días sobre nuestras espaldas. Y también aprendemos a amar a base de desamores. El desamor es un ejercicio indispensable para reflexionar y cerciorarse de que el amor visto como una posesión inevitable, un desenfreno sin control, es un puro ejercicio de nuestra inconsciencia. Porque la fatalidad no es quien rige nuestras vidas, porque no existe el amor como un ente independiente de nosotros; no es una bacteria que se implanta en nuestra sangre o una radiación que debilita el ser. El amor es nuestra capacidad de admirar y compenetrarnos con alguien de forma que desarrollemos con esa otra persona la virtud de la generosidad al mismo tiempo que desarrollamos el egoísmo posesivo. Es, o debiera ser, fruto de una elección y una decisión («te elijo a ti y decido amarte», nos decimos tácitamente).
Mal final tendrá el que se plantee el amor como una locura irremediable, porque la vida irá imponiendo su lógica cartesiana, aplastante e irrefutable. Ni es irremediable ni es locura. Es una elección condicionada generalmente por un impulso; una elección en la que cuanto menos impulso haya más probabilidades de éxito tendremos.
La gran lección del desamor es que debemos reconocer que nos hemos equivocado, y eso ocurre mientras no encajamos bien el error. Claro que lo más fácil –que es también lo más corriente– es culpar al otro del desamor; pero esa culpabilización externa es una bellaquería, porque no hay que detestar lo que hemos amado y menos cuando somos al menos copartícipes del desastre. Cuanto más culpemos al otro, cuanto más lleguemos incluso a odiarlo, más evidente es nuestro error, nuestra incapacidad por no haber descubierto a tiempo que aquel amor no sabríamos gobernarlo.
Ahora que el sol comienza a golpear con ánimo y la brisa se endulza abriendo los botones de las plantas adormecidas, ahora que todo despierta, estamos más dispuestos a sentir la belleza de una pasión que tortura al mismo tiempo que emociona. Y por tanto, estamos más abiertos al fracaso porque vamos dejando más a los factores externos su capacidad de influir y porque dejarse llevar por la sensualidad, la atracción fácil de lo que bautizamos como «irremediable» es muy tentador. Pero dice bien poco de la ecuanimidad. ¿Por qué esa funesta manía de sublimar la atracción y el amor? ¿Por qué no más ecuanimidad y templanza? No es el amor, somos nosotros que nos convertimos en un vendaval ciego, que no atiende a razones. Repito ¿por qué lo hacemos? No hay más respuesta que imputarlo a nuestras glándulas internas, generadoras de opiáceas hormonas. Y porque es muy fácil dejarse arrastrar.
Dicen los veteranos en el amor que no hay mejor matrimonio que el de conveniencia. Estoy bastante de acuerdo, porque en el pacto, en el acuerdo sereno entre dos, hay más sentido de la realidad que en la pasión desbocada. Y es mejor consejero. Por ello, los matrimonios entendidos como pacto tienen muchos más valores humanos que los que son fruto de arrebatos hormonales.
Por otra parte, el amor brinda varias lecciones: la primera, que amar significa aceptar al otro. Aceptación plena. Es un gesto de tolerancia y transigencia sin límites, pues sin ellas no hay buena convivencia. La segunda lección es que se aprende a separar pasión de amor; lo malo es que los hay que piensan que acabada la pasión no queda nada; lo cual quiere decir que no han aprendido a amar. La tercera es que en el amor se aprende a banalizar lo que realmente es banal y a destacar como importante lo que es vital. Todo esto puede parecer primario, pero es olvidado con facilidad. Por último, aprendemos que –parafraseando aquella road movie– el amor es «una carretera asfaltada de dos direcciones». Entre otras cosas porque de la misma manera que no hay carreteras de un único sentido, no hay amor si no hay reciprocidad, correspondencia, porque nadie puede amar sin ser amado.
Todo esto, claro está, se va aprendiendo a medida que se hace –quizás– demasiado tarde.