Jean-Claude Martin, un experto en comunicación, dicharachero y abierto, tiene un lema esencial: «antes de comunicarte, escucha». Porque ¿cómo vamos a saber dirigirnos a alguien si no sabemos nada o casi nada de él? La escucha siempre es más enriquecedora que la emisión comunicativa.
Así lo hemos defendido esta semana en el Col·legi de Periodistes en Barcelona, de la mano de Conrad Blanch e Isabel Mut (que han triunfado sabiendo conectar con la gente), ahondando en la idea de que no podemos presuponer nada de aquel a quien tenemos delante, si antes no le escuchamos.
Isabel Mut, que dirige importantes estudios de población, llega muchas veces a conclusiones sobre esa población que sorprenden al más sabio. Pero en ese oficio de escuchar lo que piensa y opina la gente, no siempre encuentra eco en los políticos. Porque los políticos tienen tendencia a padecer del mal de sordera.
Existen dos quejas habituales entre la clase política: decir que los periodistas no entienden nada de cuanto han dicho, y que por experiencia ellos saben muy bien como gobernar desde una pequeña alcaldía hasta un país. De pretenciosos anda sobrado el mundo.
La muestra es que habitualmente los políticos andan encargando encuestas para saber quién y, sobre todo, cuántos le votarán. No quieren saber nada más. ¿Escuchar, para qué? Aún están convencidos de que de lo que se trata es de gobernar «al pueblo» y no «para el pueblo». ¡Y luego llaman a eso democracia!
He vivido últimamente experiencias surrealistas con algún político. La más común es la de acudir a una cena para que el político «conozca la realidad de la calle»; una cena que acaba siendo un monólogo en el que el personaje se envalentona, esquiva preguntas o simplemente no las responde, y acaba con un interminable soliloquio.
Al único que le he escuchado preguntar «¿qué problemas tenéis?» es al socialista Francesc Narváez, un hombre sencillo que ahora se retira de la política; no sé si Narváez lo ha hecho muy bien o menos bien, pero lo cierto es que escucha, porque después de hacer sus preguntas plantea una u otra solución, de eso soy testigo.
Luego, se quejan los políticos del abstencionismo galopante que nos invade, de la desafección (los que se quejan, porque los hay que ya les va bien que les dejen tranquilos para seguir trajinando en el poder) e incluso de esas críticas que son un torrente y que inundan nuestras calles. Su sordera es una actitud que permite no tener cargos de conciencia, pues creen que si no saben si se les aprecia o se les necesita, no tendrán que reflexionar sobre el asunto.
Los teóricos de la Comunicación (ciencia en pañales que será indispensable en todas partes de aquí a dos décadas) proclaman que no hay comunicación si no hay un retorno –el feed-back de los americanos– esa respuesta que permite mesurar el siguiente paso a dar.
Tan seguros están nuestros políticos de cuanto hacen, o quizás tan inseguros, que rechazan el feed-back y se encastillan como los viejos señores feudales, aislándose de toda realidad. Se convierten en auténticas islas sociales, y no hay más que verlos ante un grupo de gente de la calle para comprobar cómo marcan distancias y, sobre todo, actúan, interpretan el papel que se han asignados a sí mismos.
No hay nada más triste que una persona que interpreta a su propio personaje, tan poco convencidos están de que su naturalidad debiera ser su mejor arma.
Visto lo cual, uno piensa que la política y el teatro se dan la mano. Con una diferencia: el actor de teatro siente y palpa al público, sabiendo si lo está haciendo de forma creíble o no llega a su auditorio, para lo cual usará recursos y habilidades hasta llegar a convencer a los espectadores.
El político, cada vez se aleja más de su público, se cierra y piensa aquello de que tiene cuerda al menos hasta las próximas elecciones; y que para entonces algo habrá pensado que le haga ganar de nuevo el favor de las gentes. Pero no acuden al otorrino para que les cure de la sordera, porque la suya es una sordera de voluntades, de comodidades e incluso de rechazo al votante, porque el votante –que les es imprescindible– es para mucho una especie de mal necesario.