Este lunes y el martes estuve en Lorca, sin saber que en 24 horas aquella plácida ciudad iba a convertirse en una convulsa desolación.
A Lorca llegué como se llega siempre: amansado, después de un viaje largo, pues está lejos y no hay aviones que nos la aproximen. El sol se recreaba en los muros de la calle Corredera, tan bella con el color albero de sus casas; más allá, el palacio de los Guevara exhibía su exuberancia mientras en lo alto, omnipresente, el gran castillo evocaba lo que Lorca fue en sus tiempos: encrucijada entre tres culturas, la cristiana, la judía y la musulmana. No hay lugar que reúna mejor este mestizaje y que luzca con orgullo su historia señorial, llena de blasones que asoman a sus calles. Sus gentes son abiertas, sinceras y tranquilas, y evocan lo que son: habitantes de una isla en nuestra península. Viajo con frecuencia a Lorca, no por azar, sino por temas profesionales; pero no iría si Lorca no fuera una ciudad calmada y serena, con una luminosidad mediterránea y una sencilla elegancia.
El lunes y el martes deambulé por sus calles, camino del ayuntamiento, remirando rincones, gozando de esa plaza de España presidida por los ocho escudos de la casa consistorial y la colegiata inmensa de San Patricio, que parece obra de gigantes. Cerca, el escudo de los Morata presidía lo que ahora es una humilde carpintería. Lorca tomaba plácidamente el sol. Sólo unas horas después, el miércoles, la ciudad estalló, se rompió su silencio. «Fue como una ola invisible –me comenta un amigo– que asaltó los edificios. Instantes interminables». Él estaba en un viejo palacio con paredes de más de un metro de ancho y sin embargo «rechinaban y crujían los enormes muros en una especie de alarido» mientras se resistían al latigazo de un suelo que se revolvía como un toro herido. Mi amigo es hombre valiente, impertérrito siempre, pero temió lo peor durante unos instantes. El apocalipsis no tiene por qué durar días, ni siquiera horas.
Y luego, el silencio. Lorca es una ciudad silenciosa, pero ahora hay un silencio de otro color en el andar callado de su gente; está teñido de una amargura inmensa: todo se les ha venido abajo y se ha borrado el futuro. ¿Para qué hablar, si lo ocurrido es obvio? Siempre había pensado que Lorca estaba feliz allí, en una especie de tierra de nadie de donde (nunca lo entenderé) marchó mi abuelo para venirse a Catalunya. Que Lorca era una ciudad casi desconocida para los que no son sus vecinos. Pero en sólo unas horas he comprendido mi error, porque toda España se ha sentido lorquina, sin haberse sentido enamorada previamente de sus gentes dulces y bondadosas. Toda España ha palpitado con Lorca. ¡Qué gran lección para los políticos que dividen el país en tierras de unos y de otros! No saben que sólo hay una raza, la humana, y que todos nos sentimos en un mismo barco y que lo que padece el vecino –esté cerca o lejos– lo padecemos todos.
Ahora, en Lorca, tras cada atardecer se abalanza una noche vestida con la negrura de la desesperanza. Los lorquinos, temerosos aún del futuro, padecen en silencio, preguntándose por qué ellos y por qué así, sin hallar más respuesta lógica que la que proclama que la vida es absurda. Muchos comienzan a notar, en el trastorno que convulsiona aún sus mentes, el abrazo de la mayoría de seres de aquí, de allá y de muy lejos, a cientos de kilómetros. Esos amigos sin nombre no sufrimos como ellos, pero sufrimos con ellos y quisiéramos aliviarles en ese abismo que se les abre en forma de futuro. Con la Lorca destruida nos hemos dado cuenta de que los que la contemplamos desde fuera aún guardamos nuestras pulsiones más nobles en un rincón demasiado olvidado. El rincón en donde muchos nutren sus mejores sentimientos.
Lorca, la luminosa, la albera, la de unas gentes que nos asombran con su sencillez y entereza de sentimientos, no se merecía la tragedia absurda, sin vencedor, que el destino le tenía reservada. Pero incluso en la desgracia todos hemos sabido ver la pequeña luz de grandes esperanzas. Los lorquinos comienzan a encender la llama de la esperanza dispuestos al tesón a que la vida nos obliga. Y es que las esperanzas no las trabaja el destino, las dibujamos nosotros, las alimentamos y, con esfuerzo, llegamos a convertirlas en realidad. Éste es el futuro que espera a Lorca, un futuro de esperanzas, por muy negras que sean las noches ahora. Porque, ¿no se han de tener esperanzas si uno se siente arropado y querido? Los que no han sacado lecciones de lo sucedido en Lorca es porque no saben salirse de la estrechez de miras.