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Confusas horas bajas

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JOSEP MOYA ANGELER | 21/05/2011 11:16

Pillan estas elecciones de mañana en horas bajas y extrañas para el personal. Hay un desánimo generalizado, unido a una confusión, un pandemónium sobre el futuro, avivado por los propios políticos, que quieren arrimar el ascua a su sardina. Y así, por ejemplo, Rajoy dice que votemos a su partido para castigar a Zapatero, aunque su candidato a determinadas alcaldías sea un zopenco. Los que apoyaron a los socialistas durante años y décadas (en Barcelona, por ejemplo) echan pestes de sus compañeros de viaje, con los que montarían mañana mismo, si las urnas lo permitieran, tripartitos locales.  Las declaraciones de unos y otros (ya  casi no hay mitines, porque muchos no tienen quien les oiga) han sido en muchos casos una sarta de mentiras y necedades a las que el ciudadano sensato ha hecho ascos. Así de claro, porque es lo que pensamos la mayoría.

Ocurre entonces que unos ciudadanos deciden salir a la calle espontáneamente y piden romper la baraja, no acudir a las urnas, lo que algunos candidatos se toman a pitote y otros se exclaman porque consideran que la democracia ‘exige’ ir a votar. ¿Y qué les exige a ellos? ¿Tratarnos como mal necesario para poder cometer despropósitos durante cuatro años? Los que han salido a la calle son un potpourri que va esencialmente de okupas a niños bien, pasando por gente de buena voluntad y sobre todo gente ociosa que se divierte conectándose a internet para soltar lo primero que les pasa por la cabeza creyendo cambiar así el mundo. Hay quien dice que son gentes estimuladas por el librito de Stèphane Hessel ¡Indignaos!, que es un descafeinado alegato a que esto no funciona y que hay que enfadarse. Si el librito se ha vendido como el agua es porque es barato y se lee en veinte minutos. Muy bien, señor Hessel y señores manifestantes, ya nos hemos indignado (de hecho, llevamos años haciéndolo), pero, ¿y después qué? Eso ya sería pensar demasiado, se plantea buena parte de los indignados.

La simple indignación no nos lleva a ninguna parte. «Ya se les pasará», deben pensar muchos políticos que en un acto de cinismo extremo se han apresurado a declarar que entienden muy bien a los indignados, pero sin moverse un ápice en sus ambiciones, sin decir cómo calman ellos esta indignación.

Aprendí de adolescente que si no pasas a la acción no sirven de nada todas tus ideas. Que es una trampa que nos tendemos eso de pensar de una manera y actuar de otra. Y, sobre todo –y eso lo proclamaba con acierto Joan Baez– hay que hacer la revolución persona por persona. Es decir, que si queremos que cambie algo de nuestro entorno, cada uno de nosotros ha de hacer su propia revolución y actuar en consecuencia. Una vez más sirve aquella frase de Kennedy que decía «no te preguntes qué puede hacer el Estado por ti, sino qué puedes hacer tú por el Estado». Pero eso sigue siendo –medio siglo después– pedir demasiado. Es más fácil indignarse y tratar de calmar así la mala conciencia. Los periodistas, es cierto, lo tenemos muy fácil: damos la cara a diario y defendemos una sociedad con valores, sentido de la equidad y respeto a la realidad de las cosas y personas; pero el resto de ciudadanos ha de echarle más imaginación; sin embargo, es posible ser consecuente, abandonar la sociedad hiperconsumista, formar a nuestros hijos de manera responsable, luchar realmente contra la destrucción de los recursos, organizarse en foros que sintonicen con las nuevas ideas y difundir lo que pensamos sin miedo alguno, entre otras cosas.

Así ocurre que hay muchos que ya no quieren jugar con una baraja con las cartas marcadas, es decir, entregar el voto a alguien para que actúe contra nosotros, y reaccionan dejando de ir a votar, que es el juego que se nos propone. Por ello, no va a extrañar a nadie que estas elecciones serán las de una abstención considerable. Una auténtica derrota para todos los candidatos. Una exclamación de la falta de fe no en el sistema, sino en sus manipuladores. Ayuda mucho a esta visión clara de las cosas la actual crisis (de la que Zapatero es culpable sólo en una reducida parte), que es económica, pero también política y social. Una crisis en la que todos decimos que hay que empezar de nuevo a sentar unas bases diferentes, pero nadie comienza. Es una crisis profunda, de la que quisiéramos que salieran escarmentados quienes nos metieron;  pero ahí están los Camps y compañía, triunfando y pidiendo nuevos triunfos porque todavía no han tenido bastante, porque aún hay alguna moneda que escurar en el fondo del baúl que llenamos entre todos y que ha quedado terriblemente limpio con la faena de limpieza de unos pocos.

La confusión viene dada también por la ausencia de un futuro digno y entusiasmador para muchos ciudadanos. ¿Hemos de seguir gastando o hay que reducir más el gasto público? Después del despilfarro aún hay quien clama que hay que seguir así, gastando lo que no tenemos, en plena caída libre del precipicio a que nos han llevado. Pero la contención o el control del gasto no es populista. La verdad es que esto no parece tener remedio y el lunes seguiremos exactamente igual que hoy, es decir, desnortados. Los pocos que estamos dispuestos al sacrificio pedimos a los demás que nos acompañen, pero parece que no están por la labor. Quizás es pedir demasiado.

Hasta que no generemos una nueva clase política, hasta que no nos miremos en el espejo de otros países políticamente serios, hasta que no seamos capaces todos, ¡todos!, de aportar nuestro esfuerzo para la solución colectiva, seguiremos en la confusión de estas horas bajas.





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