En una reunión habitual en el Col·legi de Periodistes, un grupo de colegas opinaba esta semana informalmente sobre el tratamiento dado a la intervención policial contra los ‘indignados’ de la Plaça Catalunya en Barcelona. La conclusión fue rápida: la clase política yerra cuando considera que la comunicación es una herramienta de gestión a posteriori, que narra a los medios la versión que uno quiere de los hechos. Comunicación no quiere decir Gabinete de Prensa, he ahí el error. Porque, y aunque a algunos les pudiera parecer chocante, somos un buen puñado de profesionales de la comunicación los que mantenemos que la comunicación debe estar presente en la toma de decisiones como un componente muy decisor, es decir, que debe ser un valor apriorístico. La razón es sencilla: todo lo que se haga en un lugar público, e incluso bajo techo, debe contemplar la imagen que de esa acción se proyectará.
En la Plaça Catalunya falló por tanto quien no pensó que la actuación policial era esencialmente un acto mediático. El resultado lo demuestra de manera suficientemente elocuente. Y evidencia que los actos mediáticos hay que diseñarlos al milímetro porque existe la tendencia a que los media se vuelquen en los errores que comete uno antes que en los aciertos. En un mundo en el que cualquier teléfono móvil puede grabar un vídeo que en cuestión de minutos verán millones de personas en you-tube, hay que saber gestionar todos los actos públicos, por inocentes que parezcan.
Los ‘mossos’ no gozan de buena imagen. Están mal posicionados, como diría un marketiniano. Y a la pregunta sobre cuándo los ‘mossos’ y otros cuerpos gozarán de buena imagen, se responde que cuando quienes les dan instrucciones entiendan que todos sus actos son públicos y, además, en Catalunya están bajo sospecha; esta sospecha es una realidad social innegable de la que no tienen culpa los nuevos dirigentes de la policía. Cuando se entienda que una buena gestión comunicacional puede permitir gestionar de otro modo la imagen que proyectan, el problema perderá acidez. La policía londinense –los populares bobbies– lo entendió muy bien en la década de los 50 y desde hace décadas es un cuerpo muy querido, incluso casi por los delincuentes; entre otras cosas tienen flema, que es algo que nos falta a los mediterráneos, lo que se traduce en que no usan la violencia prácticamente nunca (tiempo atrás, patrullaban incluso sin armas, sólo con defensas).
En su libro La estrategia del pingüino, Antonio Núñez define a la perfección qué mecanismos mueven a nuestra sociedad de la inmediatez, de la mayor credibilidad en los desconocidos que en los medios periodísticos, de la fuerza de las redes sociales. Si no se entiende cómo funciona la comunicación hoy en día y la imagen que se proyecta de uno mismo o la que proyectan otros, estamos perdidos, porque nuestra sociedad es una gran colonia de pingüinos donde, como dijo Hillary Clinton, «basta con tener un móvil o un blogg para poner en marcha algo escandaloso» haciendo que todos los pingüinos vayan a donde decide el primero que se mueve.
Al margen de los elementos comunicacionales, la acampada de ‘indignados’ está siendo erróneamente gestionada desde un punto de vista político. En efecto, los acampados y quienes les dan apoyo son grupos heterogéneos nacidos en internet, a los que se han sumado de inmediato algunas tribus marginales barcelonesas, especialmente los okupas, que son la tribu mejor organizada de la ciudad. Ya hay quejas entre los internautas de que ha habido una «intromisión de grupos interesados»; al menos, comienzan a darse cuenta los más inocentes. Si Barcelona estuviera limpia de okupas, los manifestantes no habrían pernoctado en el lugar, se habrían vuelto a casa cada noche, como hacen los jubilados, los parados y los necesitados que les dan apoyo con una gran dosis de buena fe y no exentos de motivos para quejarse. La lacra social de okupas –un movimiento organizado que no responde a la necesidad social de un acceso razonable a una vivienda– tiene la desgracia y la suerte para el resto de ciudadanos honrados de no estructurarse bajo liderazgo alguno, pues su sentido ácrata se lo impide (hemos oído a algún ‘indignado’ hablar de autogestión, lo que confirma esta tesis); con un líder, un Cohn Bendit actualizado, los okupas hubieran hecho estragos en la acampada de Barcelona.
Desorganizados, este segmento de ‘indignados’ (porque el mayor colectivo indignado es el que trabaja por menos de mil euros al mes y ése no abandona su puesto de trabajo) tienen los días contados como manifestación. Hablan de reunirse como movimientos vecinales, que son los que mejor manejan los okupas. Al resto, les quedará internet para volcar sus razones y sinrazones; les quedará la rabia de ver cómo avanza el mes y la pensión no les llega para cubrir tantos días; les quedará la desesperación de ver que no pasa nada y que ése es el problema; les quedará la angustia de no tener futuro porque alguien se lo zampó antes de hora en un hartazgo; les quedará la decepción de ver que todo esfuerzo ha sido vano; y a algunos otros les quedará la casa okupada donde seguir parasitando. A menos de que los ‘mossos’ salgan de nuevo a la calle y les den mayor sentido.