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Atracción por los precipicios

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JOSEP MOYA ANGELER | 18/06/2011 11:44

El ser humano siente una inexplicable atracción por las situaciones extremas. Y por ello tiende a radicalizarse en cuanto se le da una oportunidad. Es la inexplicable atracción por los precipicios. ¿No se han fijado que ante un precipicio o un  acantilado siempre hay gente que se asoma más y más? Somos animales de riesgo, pero en determinadas circunstancias; la principal de ellas es la desesperación. Y de desesperados no andamos faltos en estos momentos: nada menos que cinco millones de seres en edad de trabajar que están en el paro, más una masa de ciudadanos a quienes no les llega el dinero a fin de mes, más otra masa que no puede pagar la hipoteca, más los automarginados y otros grupos.

La teoría dice que en España tenemos en estos momentos combustible suficiente como para temer una revuelta, porque la gente sale a la calle si está desesperada, es decir si no tiene nada que perder. Y ya hay muchos, demasiados, que no tienen nada que perder... Dice la letra de «La Internacional» aquello de «arriba, parias de la tierra», es decir que sin parias no hay revolución. Pues bien, ya empezamos a tenerlos , lo cual aparte de ser una flagrante injusticia es un peligro terrible.

En los incidentes del miércoles ante el Parlament, los políticos han sido zarandeados por la punta de un iceberg que se siente segura porque detrás hay una multitud de ciudadanos –pacíficos– indignados. Y los políticos han repetido eso de que a la democracia no hay quien la toque. No se han dado cuenta  de que el juguete de la democracia les puede estallar en las manos de tanto maltratarlo. Porque, no crean, no hay tantos demócratas en España como nos pensamos. Quedan muchos, pero cada día hay más de los que se han hartado de tanta palabrería inútil en torno a la maquinaria democrática. A los provocadores, aupados por muchos ingenuos, por muchos disconformes y una sociedad que ya le parece bien que los políticos reciban jarabe de palo, no les sirve la exclamación de Ortega, aquel «no es eso, no es eso»  ni la voz de Llach con su «no és això, companys, no és això». Los provocadores piensan que sí es eso, que van a lograr que el caos se imponga para que surja «su» orden. Ingenuos, e incluso perturbados, quieren tomar aquel camino directo a la gloria al que creen que les lleva la violencia, olvidando que ya hemos conocido las barbaridades de los totalitarismos asamblearios, incluidos los cenetistas.

Pero las revoluciones –o los grandes cambios, si prefieren que nos moderemos– tienen un esquema invariable: hay un malestar generalizado y un grupo de amantes del precipicio se subleva porque se sienten parias. Si la sublevación prospera, hay terror; pero al final se imponen los cambios y el salto delante de quienes se querían sacudir el malestar inicial. Esta vez, estamos mucho más maduros y sabemos que la vía rápida no lleva a ninguna parte, pero que debe haber una vía «algo rápida» hacia grandes cambios. La pregunta es ¿cuándo serán los grandes cambios? La respuesta a la gallega es decir cómo deberán ser estos cambios: inmediatos, eficaces, inexorables e inflexibles.

Nuestra sociedad no puede soportar más este modelo de democracia secuestrada por los políticos en su propio beneficio. Esta semana, Arcadi Oliveras presidente de Justícia i Pau ha dicho y repetido que «estamos gobernados por una pandilla de delincuentes». Si Oliveras no va, que es lo más probable, a la cárcel por calumnias es porque tiene su parte de razón. Cuando Oliveras afirma y sostiene con argumentos que la política actual huele a podrido quiere decir que la indignación real –la callada, esa que no sale a la calle–  es inmensa.

Hay metástasis de indignación en el cuerpo social español. Y en estas circunstancias los médicos acuden a terapias radicales. Necesitamos una respuesta radical porque, a pesar de la tentación del precipicio, a nuestra sociedad no le gusta asomarse demasiado.





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