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Llamen al comisario Méndez

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JOSEP MOYA ANGELER | 05/07/2011 10:11

El comisario Méndez resuelve los casos más sórdidos. Es un personaje creado por el imparable Francisco González Ledesma, que tiene un olfato tremendo porque sabe pisar el terreno y conoce los rincones más ruines de la mente humana. Sólo se me ocurre acudir a él para que en otra novela genial (Ledesma está cansado y quizás jamás la escriba) busque a los responsables del desaguisado en que vivimos. Las pistas parecen sencillas: busque entre banqueros, políticos, marginados y gente de buena fe con gran capacidad de meter la pata.

Sé que Méndez nos diría que «responsables lo somos todos, que somos unos irresponsables», y quizás así cerraría el caso, dedicándose a pasar el resto del día entre bares con aroma de fritanga, las calles untosas del Raval barcelonés y su habitación que es un templo de la soledad. Pero no, porque como dice Julio Manegat «todos somos iguales, pero algunos más».

De la palabra responsable (que quiere decir que responde o tiene alguna paternidad) deriva la palabra responsabilidad que es, entre otras cosas, el hacerse cargo de una obligación o un actuar. Curioso juego de palabras el de Méndez: somos responsables de haber sido irresponsables.  Pero ahora toca dejar de serlos. En efecto, toca que nuestra sociedad, desde el primero hasta el último, se ponga las pilas de la responsabilidad, es decir que cada cual acepte su rol y sus obligaciones y contribuya responsablemente a salirnos del enorme agujero en que hemos caído. No podemos hacer como los griegos que tanta tristeza me producen porque fueron cuna de nuestra civilización y porque tengo buenos amigos escritores en Atenas; esos griegos que viven sumidos en la corrupción, que rehuyen pagar impuestos, hacen trampas y se entregan a una vida plácida y epicúrea al son del «Forget tomorrow» («olvidemos el mañana»).

Sólo hay futuro feliz si somos capaces de preverlo e intentamos diseñarlo. Sólo planificando y sabiendo el coste que tiene el camino hacia ese futuro puede uno, con indispensable suerte, lograr algo digno en esta vida. De la queja nadie logra casi nada, del lamento sólo se consigue amargarse la vida y perder el tiempo. Hay que afrontar la realidad y, sin olvidar de pedir responsabilidades a quien corresponda, empezar a ser responsables. Hay que comenzar el próximo curso recuperando en las escuelas ese sentido de la responsabilidad, enseñando a nuestros hijos que sin ella no hay porvenir ni quizás presente. Porque todo lo que nos ocurre es porque financieros, políticos, empresarios y gente de a pié no han sido lo suficientemente prudentes como para sentirse responsables. Todos confiaban en que ‘el otro’ (vaya usted a saber quién es) arreglaría las cosas. Y enseñar que no hay otro, que el otro somos tú y yo. Me parece que este tema es algo más importante que el debate encendido estos días sobre si los niños han de llevar o no uniforme en la escuela.

Tenemos en Catalunya un ejemplo formidable de todo esto: los castellers.  Fruto del esfuerzo de muchos, con la fuerza de una base consistente, con pericia y conocimiento del oficio se puede subir muy lejos y coronar con  éxito la torre, el proyecto que nos habíamos propuesto. No hay que explicar gran cosa, sólo mostrarles a los niños como se cargan y descargan, el entreno previo, la pugna por llegar al fin y, aún así, cómo a veces se desmoronan antes de desmontarse. La metáfora es perfecta y hay poco que explicar.  Sin cultura de castellers no se llega a ninguna parte.

Ya que estamos a vueltas con Méndez, diríamos que en la Plaça Catalunya de Barcelona hubiera encontrado mucho material de trabajo, porque en el desalojo de la gente que allí dormía, aparecieron nada menos que representantes de diecinueve países, y un tercio de los identificados tenían antecedentes penales, es decir eran delincuentes. Algunos, pernoctaban en la copa de los árboles evocando a nuestros antecesores los simios, otros destruyeron todo el jardín y los más incultos echaron pintura sobre la escultura de la diosa de Clarà (¡menos mal que es una copia y el original está a buen recaudo!) y el monumento a Macià. Total, cuarenta millones de pesetas, es decir destrozos a un ritmo de un millón diario. Se entiende que los que encendieron la llama de los indignados se desmarcaran de esta gentuza. Me pregunto si el ayuntamiento barcelonés reclamará a los individuos identificados los perjuicios causados, y si la policía expulsará a los ciudadanos de esos otros dieciochos países que estaban allí sin oficio ni beneficio. Ya ven, si no se hace, Xavier Trias comenzará su mandato siendo poco responsable.





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