John Lennon nos dijo aquello de «no sigas a ídolos», que había aprendido de Bob Dylan, como expresión máxima de la respuesta sensata frente a la debilidad humana, indigna de alzar a ninguno de sus congéneres como líder de algo. Hay que ser fiel a las ideas, no a las personas, es el mensaje de un Lennon desengañado de todo, especialmente de los gurús indios convertidos en buscavidas. Una visión negativa de la vida, pero acertada si no quieres andar de decepción en decepción.
Recuerdo a Teddy Bautista en aquellos años de Lennon y Dylan. Había vuelto de América, decía, con Los Canarios y revolucionaba el mundo pop español con un ‘soul’ muy de la Atlantic, con mucho metal en el viento. Yo me miraba el mundillo musical bastante desde afuera, aunque escribiera a diario sobre él. Teddy era un hombre ambicioso y de ideas muy claras; a su lado, su padre le gestionaba el éxito de Los Canarios. Y tenía ya muy claras sus ideas políticas. Una noche amarga del 72 nos citamos en el drugstore de Barcelona; Teddy no se sacaba de la cabeza que acabaran de detener a Miguel Ríos por fumar un canuto, y me insistía en que iban a por nuestra generación, que el franquismo decadente nos tenía miedo (¿a mí, pobre infeliz?) porque estábamos cambiando el mundo. Teddy era un muchacho avispado, despierto, locuaz, que gustaba seducir a la gente, y generoso. Mi querido Oriol Regàs se lo llevaba a los festivales del Price barcelonés, donde disfrutábamos como conejos, porque con Los Canarios llegaba una música con futuro.
Ahora, el pelirrojo Teddy peina canas y recibe bofetadas de todas partes. Si el fiscal tiene razón, las tiene merecidas: lo suyo es de antología del hurto. Y es que cuando un rockero se pone corbata, hay como para ponerse a temblar. Al menos, todo lo cantado, pensado y dicho pasa al olvido como si no fueran con él las revoluciones pendientes, la agitación vivida desde los escenarios y las noches amargas llorando por Miguel Ríos.
Con la generación de los que vivimos el París del 68 ha ocurrido algo singular: ha quedado partida en tres. En un extremo, los que han conseguido entrar en el castillo del poder y se han manchado las manos. En el otro extremo, los muy pocos prudentes de entonces que seguimos prudentes pero cada día más radicalizados en nuestras convicciones, porque ya van quedando menos días y no es cuestión de perder el tiempo. Y en medio, desdibujados, los que se han adocenado y han aceptado, ¡qué remedio!, que la apisonadora de las clases medias los convierta en homogéneos con el resto de mayoría silenciosa y pasiva. Casi podría decirse que ha sido una pena, sobre todo, cuando uno ve a Teddy Bautista entre rejas no ya por unos gramos de marihuana, sino por unos montones de la peor droga del mundo: el dinero.
Lo malo del caso es que uno ve que Teddy no está solo: le acompañan algunos progres de primera o segunda hornada que hace tiempo perdieron el oremus y se engolosaron (les pudo la glotonería) con el poder y el dinero. No solamente controlan sin que nadie les controle ese río de dinero continuo que es la explotación de todas las obras del mundo del espectáculo, sino que controlan poder, ese poder que quizás les permita salir indemnes de la bellaquería cometida. Son unos cuantos y, además, se aferran a aquel estilo tan denostado del ‘zurriagazo y tentetieso’ contra el que tanto lucharon, o quizás menos de lo que nos pensamos, cuando todos éramos unos grandes ingenuos.
Ahora que todos los de aquella época casi no usamos peine, ahora que rondamos esa cosa sacrílega que es la jubilación, vemos que los unos más, los otros menos, y los muchos nada, hemos quemado las pestañas más inútilmente de lo que esperábamos y que algunos compadres cedieron demasiado ante las tentaciones. ¿Por qué el ser humano anda siempre detrás de un mundo mejor y nunca lo consigue? Un utópico dirá que es porque somos imperfectos y de nuestra imperfección sólo pueden salir imperfecciones. Pero un pragmático dirá algo más contundente: porque ni hay suficientes cárceles, ni suficientes jueces dispuestos a que haya orden. Pero no nos equivoquemos, que la culpa no es de jueces y fiscales, es de los que gozan enfangándose. Se ve que debe existir algún placer en eso de nadar en la mierda que quizás sólo sepan descubrir los miserables; por si acaso, mejor no probarlo.