El ser humano es un animal de claroscuros. Pocos lados obscuros, y esencialmente en la juventud, la edad de los errores que ciegan y que algunos creen que les persiguen luego como un estigma. La juventud de Carles Sentís tuvo sus contrastes, dentro de ese espíritu de periodista inquieto que se podía haber quedado en casa oliendo a la colonia de los bienpensantes en lugar de saltar a las trincheras del periodismo. Y es que el periodismo es a veces la excusa para tratar de devorar el mundo, moviéndose de aquí a allá, y abriendo los brazos para calmar el ansia juvenil de abarcarlo todo.
La pasada semana tuve un encuentro amical con Jaime Arias, otro gran periodista catalán que ha abastado casi todo el siglo XX. Fue en una recepción del cuerpo consular catalán. Arias, despierto y vivaz, me habló con optimismo, como buen maestro. Le pregunté por Sentís y me respondió: «agoniza». Sentís se apagaba y el martes acabó cerrando los ojos y dejando tras de sí el enigma de una vida que, como otros de su época –Samaranch, Josep Pla- recorrió varios colores. Ni Sentís, ni Samaranch ni Pla se lamentaron públicamente de lo vivido y hecho en aquellos tiempos de la Guerra Civil y la posguerra. Quizás porque hay que comprender qué ocurrió y cómo nuestra sociedad de dividió en dos, extremándose las posturas porque en ellas les iba, realmente, la vida y la muerte.
El joven Sentís, en Marsella, informando junto a Pla de los barcos que salían de aquel puerto con ayuda a los republicanos españoles, para que fueran bombardeados y hundidos, es la parte obscura de una vida trepidante, como la de todo reportero. Pero ¿hay que condenar a alguien porque en un cara o cruz elige la cara o elige la cruz? El maniqueísmo es una tentación para encontrar la solución fácil.
La vida es más compleja como para someterla a una prueba del algodón, y hay que analizarla en su totalidad. Parte de la sabiduría humana quizás consista en saber convertir lo imperdonable en comprensible. Y tan comprensible –o inaceptable– es que la derecha de Cambó flirteó con el franquismo, como que hubo quien soñó con las mieles del estalinismo. Ahora es fácil juzgar, pero cuando había tantas cosas en juego no era difícil equivocarse.
Superado aquel trauma, Sentís vivió como todos cuatro décadas de franquismo. La mayoría, trampeando con la realidad, suspirando por un cambio a favor de cual pocos echaban leña de verdad. Él fue un posibilista, contemporizador, con vocación europeísta, como otros de los que querían avanzar frente a la brutalidad de lo no fue más que un régimen de necios intolerantes. ¿No nos suena este perfil al de algunas personas que todos hemos conocido y que ayudaron a que no nos hundiéramos en la miseria de aquel franquismo torpe que se sentía orgulloso de haberse manchado las manos de sangre? Mucho antes de apagarse el dictador, la camisa azul ya había perdido todo sentido para estas gentes. Tocaba el cambio y la mayoría de los inquietos se pusieron a que este cambio fuera posible. Al frente tenían un modelo que les animaba: Juan Carlos. No vivieron de nostalgias.
Recuerdo numerosos encuentros con Sentís, siempre hiperactivo, preocupado por nuestra cultura política habitualmente mísera; luchando desesperado por sacar a Huertas Clavería de la cárcel; buscando soluciones para que el recién nacido Col·legi de Periodistes fuera económicamente viable; atando lazos con Francia. Buscaba arrastrarme y, muerto Franco, lo consiguió casi siempre, porque descargaba una vehemencia imparable. Era un convencido de que en la vida de todos, todo debe ser decisivo. Por eso, lo importante no es que viviera 99 años, sino que los vivió intensamente, hasta los últimos días.
Quizás el enigma Sentís (ese enigma sobre cómo un colaborador franquista pasó a ser admirado) es más sencillo de lo que pensamos: supo contemporizar e incluso ir un paso adelante porque sabía mirarse en sociedades más avanzadas que la nuestra. Francia era para él, como lo es para Jaime Arias y para mí, un modelo. Admirar a Francia, o a Suecia o a los Estados Unidos, no es servilista, sino que es un gesto de cierta humildad y criterio crítico, cualidades habituales en el buen periodista. Por eso –porque me gustaría ser buen periodista- no reniego nunca de la gran lección que siempre nos han dado los franceses y de las enseñanzas que podemos sacar de los norteamericanos. Y si todo esto, con sus matices, no acaba de complacer a algunos tremendistas, o a los contempladores del ombligo, perdónenme que les diga que peor para ellos. Vivimos en claroscuros, y todos buscamos más claros que oscuros, porque sino la vida sería insoportable.