Josep Pla escribió Navegació d’estiu, un viaje en una mallorquina por todo el litoral catalán, de Port Vendres hasta Peñíscola, mezclando el color gris macilento de la posguerra y los azules diáfanos de nuestro cielo cuando ha pasado el gregal, el blanco Chablis (insuperable para el pescado) con el Chambertin borgoñés, y más atento a los vientos que a las personas. Es una pequeña obra llena de adjetivos –parecía que le sobraban, pero lo cierto es que cuando los repetía parecía que fuera la primera vez que los usaba–, lecciones sobre el buen comer desde la sencillez y un buen conocimiento del país.
Ver Catalunya desde el mar es querer verla con más imaginación que realismo, pues el perfil de nuestras costas y la distancia de los horizontes hace que supongamos muchas más cosas de las que sabemos. Y sin embargo, es toda una experiencia imprescindible para todo catalán, porque Catalunya es lo que es gracias al mar. En el pasado, la expansión del país fue siempre abriéndose aguas adentro; actualmente, las exportaciones salen más por mar que por tierra, y en el futuro quizás el mejor turismo nos llegue por mar. Sin mar, no tendríamos ese carácter fenicio que nos permite abrirnos al mundo como buenos vendedores. Sin mar, no tendríamos esa cultura mediterránea basada más en la felicidad que en el temor de Dios, como era usanza judeo-cristiana.
Se embarca uno aguas adentro, en cabotaje, y redescubre nuestro pequeño universo. Lo ve en su medida, como se ve el mundo desde la ventanilla de un avión: pequeño, al alcance de la mano. Cuando hacemos pequeñas las cosas es cuando más conscientes sobre de la magnitud del universo, de lo ínfima que es nuestra existencia. Por eso, no entiendo a esa gente enamorada del mar, que lo único que sabe hacer es aburrirse en una playa y mojarse en los primeros metros de la orilla. ¿Hay algo más sobrecogedor que nadar en alta mar, saltando de una embarcación? Lo debiéramos hacer todos de vez en cuando para rebajar nuestra soberbia, mientras nadamos felices, cerca de la felicidad de los delfines.
No dispongo de embarcación, pero tengo buenos amigos que han sido generosos invitándome a la suya. Ir en busca de las Columbretes, frente a Castellón, repasar el delta del Ebre con sus peligrosos bajíos o visitar la mineralidad imponente de los acantilados de Tossa nos hace querer más a este país que Joaquín Ruyra nos enseñó a amar a través del mar.
Los catalanes tenemos el privilegio de ver salir el sol cada mañana por el mar. Es un espectáculo, cuando las nubes lo permiten. Desde mi balcón, donde escribo, lo veo casi a diario. Aparece anunciado primero por rojizos fondos, que van del púrpura a un oro verdáceo. Antes de ver cómo asoma, nos llega una refracción, un primer rayo desviado por el cielo, que es el aviso de que el gigante se ha despertado y está a punto de salir. Lo hace silencioso, majestuoso, imponente. Sostenía Eric Rohmer en El momento azul que justo antes de romperse la noche se producía un extraño y maravilloso silencio. Cuando el sol asoma todo se detiene en el escenario que espera esa señal para lanzarse a una vida agitada en busca de subsistencia. Hasta el mar se encalma en ese instante.
Opino que el turismo es lacerante con el mar, que las motos acuáticas deberían estar prohibidas y que no debiera haber motoras que superasen los 20 nudos de velocidad. Porque es un despropósito, una ofensa marina, creer que el agua es una autopista. Como igual de lacerante es arrojar la basura de lo que nos sobra al mar, convertido casi en un inmenso vertedero. He visto fotografías espeluznantes del fondo de Port Lligat con neveras y lavadoras arrojadas al mar.
A veces hago lo que llamo una ‘navegación literaria’, que consiste en leer las exquisitas obras de Joseph Conrad, o de Melville o Stevenson, sobre el mar. Pero si estoy más animado y despierto en Les Cases d’Alcanar, en Villa Carmen, que fue casa de marqueses y ahora mi amigo Haakon la ha convertido para huéspedes, entonces me bajo al pequeño puerto, hablo con la señora María que desmalla los últimos peces que se engancharon en la red, y me hago con unos lenguados o unas doradas, o lo que se tercie (y María me regala unas canaillas para que me haga un aperitivo) y regreso a Villa Carmen para desayunar mientras se alza el telón.
Sostengo que esa es una manera muy placentera, estival, de hacer país. Porque en el fondo, toda nuestra vida es un navegar y mirarnos en el mar.