Cuando uno conecta el televisor a esa hora baja en que el día decide en calmarse antes de cenar, tiene de bote pronto ante sí un panorama terrible: en TVE emiten Gente, habitual crónica de sucesos con algún respiro, en Antena 3 un concurso para tontos, tras haber enterrado El diario, verdadera colección de reproches melodramáticos entre gente que rozaba el lumpen; en la Cuatro noticias tremebundas, en la Cinco se acaba Sálvame un gallinero de verduleras que se tiran del moño entre ellas; en la Sexta, más basura; y TV3 programa una película soporífera. Basta decir que el programa estrella de la semana es La noria una Inquisición moderna donde se pregunta por lo más íntimo con la obligación por parte del entrevistado de responder con todo tipo de pelos y señales. Bazofia. En los canales minoritarios de la TDT la cosa es francamente pobre. ¿No hay buena televisión? Sí, si se tiene un poco de interés y paciencia.
A mí me gusta seguir cada noche el canal Mezzo (franco-británico) que programa verdaderos tesoros de la música clásica. Y seleccionar lo mejor del Canal Historia, que suele ser extraordinario, con testimonios muy bien elaborados. Si busco la distensión, el Canal Cocina me distrae sin engordar y me despierta la curiosidad culinaria. Si es el interés general, los de National Geographic (hay varios) son impecables. En Eurosport brindan algunas competiciones (las de snooker son irreprochables) que crean afición, mientras que curiosamente los sábados es Nitro quien transmite en directo competiciones de frontón tan apasionantes como el futbol. Y el Canal 33, que es el mejor de los que no son de pago. Deberían invertir la programación y pasar la de TV3 al 33 y viceversa, porque la calidad está en el canal minoritario. Por último, de otros canales, me quedo con Arte, francés, y los informativos de la BBC.
Ya sé que me dirán que la mayoría de estos canales son de pago, pero lo que se paga por cada minuto de placer de buena televisión es tan poco que vale la pena. Lo importante es saber que tenemos a nuestro alcance extraordinarios canales de televisión que, además, gozan de un denominador común: no tienen presentadores-vedette, son sencillos en sus esquemas, no tratan de manipular a nadie y tienen poca publicidad. Todo un ideal para quien quiere que la televisión sea un medio al servicio del telespectador y no al revés.
Y sin embargo, hay pocos ciudadanos que busquen descubrir esta televisión alternativa y de calidad. La gente se sumerge en la basura televisiva con curiosidad mórbida. Un ejemplo constatado esta semana: un buen amigo salió en Qué tiempo tan feliz hace unos días, evocando los años de la televisión de los grandes presentadores. Muy poco después, coincidimos en una presentación de cierto nivel en un acto de la Comunidad de Madrid: varias personas relevantes le comentaron haberlo visto en ese programa. No critico al amigo, que debió tener el gancho que él sabe imponer a sus intervenciones, sino que un programa banal, basado en la nostalgia, atrajera a tanta gente. ¿Por qué? ¿Por impulso, por la facilidad de acceder a un canal generalista, por perder el tiempo? Siempre será un misterio.
Me gustan los canales temáticos porque no se salen de su ámbito y dentro de ese ámbito ofrecen trabajos de calidad. Pero me temo que predican en el desierto. Y que quizás lo que nos ocurre es que no nos gusta una televisión rigurosa y seria, sino el espectáculo, incluso dentro de las noticias. Luego nos quejamos, pero estamos más atentos al accidente, al homicidio, a las llamas de un incendio o a un temporal (cada día pasan cientos de cosas así en todo el mundo) que a cuatro palabras de un líder mundial. Me pregunto cuándo un filósofo ha sido últimamente noticia en un telediario. No es la televisión la que nos hace ciudadanos frívolos, somos los ciudadanos los que pedimos y consumimos televisión frívola, vacía e incluso amoral. Y no podemos quejarnos, porque si consumiéramos buena televisión, incluso a costa de pagar unos pocos euros de más, pronto saltarían de la parrilla de horarios esos programas que nos degradan. Un amigo mío sostiene que a veces se detiene a contemplar un combate de boxeo por televisión, porque es menos inmoral y con menos trampas que la mayoría de programas que se le ofrecen como alternativa. Y, aunque exagere, tiene su razón. Así nos va.