Regreso de Suecia tras pasar en Estocolmo la semana más emblemática del año: la que une la entrega de los Premios Nobel y la festividad de Santa Lucía. La coincidencia de las fechas y el viaje no es casual, pues siempre que he visitado Suecia ha sido intencionadamente en estas fechas. La significación de estas dos celebraciones, envueltas en un clima prenavideño sin excesos consumistas pero llenos de gestos, refleja dos puntos vitales de la manera de ser de los suecos, sociedad admirada y envidiada por su perfecta organización, su rigor y, al mismo tiempo, su cordialidad y sentido humanista de la vida. Son días para mirarnos en el espejo sueco y ver reflejado en él un modelo de vida contra la adversidad.
La entrega de los Premios Nobel es un acto de trascendencia mundial. La televisión sueca lo transmite en directo, al igual que la singular cena que le sigue. He asistido al ensayo general de esta entrega, con los premiados vestidos de manera informal, es decir con su lado humano, y con los titubeos de todo ensayo y la distensión que contrasta con la solemnidad del acto en sí, con sus vestidos de ceremonia y sus camisas almidonadas. Dos facetas de la ciencia y el saber actual, que no se aísla del mundo, pero que sabe de la importancia de sus trabajos. El respeto y consideración que los suecos profesan hacia los premiados evidencia una cultura que aprecia el esfuerzo de los científicos, el trabajo callado –como callado lo es el de la mayoría de los ciudadanos del mundo- a sabiendas de que es más importante la convicción de que se cumple con una misión que la recompensa de llegar a una meta y ser reconocido. Una sociedad que con sus premios Nobel respeta a los sabios y les reconoce su papel para mover al mundo en el progreso. ¿Qué haríamos sin sabios, sin sus acertadas conclusiones, sin sus logros en el pensamiento y en la ciencia? ¡Y aún hay gente entre nosotros que dice con orgullo que no lee libros, porque los libros están pasados de moda!
En Estocolmo, las gentes se inclinan ante los mejores de nuestra sociedad, con respeto y admiración. Se interesan por sus obras y su pensamiento, y debaten sus ideas. Esto es una sociedad avanzada, que se mide por sus ideas y no por poseer un ipad o un teléfono con el que se puedan hacer mil cosas absurdas. En España, donde tenemos un Senado, debatimos sobre la inutilidad de este órgano donde debiera residir la sensatez, pero que se ha convertido en el cementerio de elefantes políticos, acogiendo desde Fraga hasta Montilla, con el único fin de darles un sobresueldo. El Senado se ha convertido en la muestra de cómo no tenemos ni idea de cómo aprovechar el talento de los más veteranos, de los que mejor reflexionan y de los que más desapego tienen por sus propios intereses.
De estas reflexiones, en sólo tres días, Suecia pasa a vivir la festividad de Santa Lucía, que es un homenaje al papel de la luz en estos días donde apenas asoma la claridad (durante la comida, ya anochece un día en que es prácticamente imposible ver el sol) La ausencia de luz -Lucía quiere decir “hija de la luz” tanto en sueco como en Italiano- nos obliga al esfuerzo de vencer la obscuridad. Son los días del solsticio, del frío casi amargo de un invierno interminable. Pero hay luz, la de las bujías que se elaboraban en las casas con el sebo de los animales, la que se racionaba hasta el punto de que las escuelas cerraban tres meses en invierno para no gastar en velas, todo un lujo hace tan sólo 150 años. La luz es el símbolo de la esperanza, al igual que esos niños y niñas que se visten de blanco durante el día de santa Lucía y con una vela entre manos cantan viejas canciones por doquier en todo el país. En los hoteles, las iglesias, los centros comerciales, en cualquier pequeña organización, en los hogares, los niños –símbolo de la esperanza- llevan la luz de la esperanza y unas galletas de jengibre para los adultos. Un acto sencillo pero profundo, entrañablemente bello pero que conmueve a los suecos que saben que si pierden de vista estas ideas su país se enfriará y perderá lo que tanto les ha costado construir: una sociedad solidaria, sensible, humana e intensa, modélicamente educada. Ellos se miran estos días prenavideños en ese espejo en el que quizás nosotros debiéramos mirarnos también para salir de nuestra estrechez de miras, de nuestra consumista Navidad desprovista de todo encanto y, sobre todo, de toda reflexión.