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El espejo sueco (y II)

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JOSEP MOYA ANGELER | 24/12/2011 10:24

Si alguna ciudad del mundo puede todavía evocar la magia navideña que dibujó Dickens, esa es Estocolmo. Y dentro de la capital sueca, el poblado de viejas casas de madera de los siglos XVII al XIX  que a modo de poblado se arremolinan en Skansen. Este lugar, mucho antes de que Disney inventara la fórmula mágica de sus parques, evoca las raíces de los suecos. Y sin  raíces no hay ni ciudad ni país de futuro, todo pasa a ser impersonal.

Los suecos se miran constantemente en Skansen, en especial en los días pre navideños. Cantan los niños, los adolescentes y los jóvenes, vestidos de blanco, sin luz eléctrica, con una vela entre manos, las canciones que evocan la esperanza de su fe cristiana. Porque serían incapaces de entender la Navidad sin la presencia de su tradición religiosa. Tratan de ser consecuentes y no como el anterior conceller de Ensenyament que a la N avidad le llamaba “vacances d’hivern”.

Aprende uno en Skansen que los suecos hace no más de cien años comían por Navidad algo tan primario como patatas hervidas (y peladas excepcionalmente), mantequilla, una pierna de ternera o de cerdo y pan negro o reseco, acompañado de cerveza casera, ya que el agua era insana y fuente de infecciones. Ver hoy humeantes esas patatas nos devuelve a una realidad dura, muy dura, que vivió este pueblo y que hoy no quiere olvidar. Suecia tiene bien presente que un día decidió abandonar el campo y sus penurias tan duras (era imposible cultivar nada durante más de medio año) y se entregó disciplinadamente a la revolución industrial y comercial. Nada le fue dado gratuitamente, todo lo consiguió a pulso, duramente. Lo que en los tiempos que vivimos parece que no queremos aceptar: ese sacrificio para salir de la crisis y contra el que tantos protestan al grito de “recorten, pero que sea a otros”

Estocolmo, aparte de Skansen, es una ciudad calmada, serena y muy humanizada. En Navidades (y durante todo el Adviento, eso que en España está absolutamente olvidado) en la mayoría de ventanas lucen las siete bujías de la tradición judeo-cristiana. De nuevo, las raíces. Es el asomo de cada familia, de cada despacho, a la vida pública, el mensaje de que todos caminamos en un mismo sentido, porque las ciudades son –o debieran ser- precisamente eso: el entendimiento entre todos para que todos mejoremos. El frío no frena a sus gentes, que se mueven inquietas y, de nuevo, luciendo la serenidad de quien sabe a dónde va.

La lección navideña de esta ciudad no es ni de beatería ni de consumismo devorador, sino de gentes enriquecidas interiormente tanto por sentido humanístico de la vida como por su amor a la cultura. Es una ciudad de clases medias, en donde todos se sienten uniformemente unidos. Y eso de unificarse todos en una clase media es cultura cristiana.

El vino caliente navideño, que ellos llaman “glög”, anima cada encuentro y todo aperitivo. Flotan tres o cuatro almendras en el vino y se esparce el aroma de la canela y el clavo, como anuncio de que con el calor de este vino se despierta mayor cordialidad.

En este ambiente, los niños disfrutan de lo lindo, son el eje de toda la vida no solamente navideña, sino también sueca. En Junibacken, un parque cubierto dedicado a los personajes infantiles de  ficción, explota la imaginación de los suecos del mañana. La norma del parque es sencilla: nosotros ponemos el escenario y los niños la capacidad creativa. Sin imaginación no hay futuro, debieran escribir a la puerta de este sencillo parque.

Finalmente, otro detalle de esta ciudad modélica: a las puertas de la Academia Sueca, allí donde se deciden los premios Nobel –aunque hay quien dice que las decisiones se toman en la taberna de enfrente, todo un símbolo del talante sencillo de los suecos- a la sobra de tan severa arquitectura, hay estos días un mercado navideño en donde algunos lapones venden cuchillos con mango hecho de cuerno de reno, vendedores de salmón ahumado aseguran que el suyo está ahumado con la mejores maderas, y señoras sonrientes tratan de colocar sus mermeladas de bayas de todo tipo, aparte de poder reconfortarse con un vasito de “glög”. Por santa Lucía –día 13- improvisados coros de jóvenes cantan vestidos de  blanco sus tradicionales villancicos.

Los suecos son directos, sinceros y abiertos. Y, sobre todo, trabajadores a la hora de trabajar. Han sabido aunar eso que pocos entienden en nuestras latitudes: hay que ser cordiales y rigurosos a la vez. En todo el año y especialmente en Navidad, máxima expresión de la esperanza.

Un tema para meditar, como otros muchos de los que ofrece el espejo sueco, estos días en que todavía hay quien afortunadamente medita.





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