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Ausencia de madurez

Rajoy ha engañado a la ciudadanía y luego la ha tratado como a infelices que se pueden manipular

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JOSEP MOYA ANGELER | 14/01/2012 11:36

Soy de los que por la mañana se despiertan optimista, con empuje y ganas arrolladoras de avanzar en la vida. Quizás es una actitud ingenua. Luego, a medida que el día avanza y cuando finaliza, el empuje se pierde y puedo acabar irritado, porque la vida, ese mundo exterior imprescindible, me demuestra que quizás no haya que tener tanto ímpetu de buena mañana, porque las decepciones castigan y agrian el carácter.

Quizás por esa misma ingenuidad, sostengo la necesidad de creer que el nuevo Gobierno facilitará la salida de la crisis, tanto porque no se puede estar peor, como porque como toda enfermedad, hasta las crisis acaban curándose solas de tanto que duran y de puro aburrimiento. Confieso que deseo firmemente que los populares, con Rajoy al frente, nos empujen hacia el final del túnel. Quizás este  deseo es hijo de una necesidad. Y pienso que a  muchos ciudadanos les ocurre igual. Ojalá no nos equivoquemos.

Otra cosa es que a medida que se desgranan los días, Mariano Rajoy confirma algunas negras previsiones: sigue siendo un político que guarda un silencio misterioso e inquietante. Y sigue tratándonos a los españoles como si fuéramos unos adolescentes inmaduros que tragan ideas primarias y, sobre todo, aceptan ser tratados como pequeños necios.

Lo de los silencio es grave. Recuerdo compartir en el interior de un ascensor una ínfima conversación con Macià Alavedra en sus tiempos de conseller. Me sentenció rotundo que lo mejor que ha de hacer un político es callar. «Si no hablas, no te equivocas»  dijo severamente. Con el tiempo, he aprendido que si uno no se explica y habla, otros lo harán en nuestro lugar y es seguro que lo harán contra nuestros intereses. Por eso, aconsejo siempre explicarse, y hacerlo bien, de forma clara, directa e inteligible. Es la clave de la buena comunicación. Como ven, Alavedra y Rajoy están en el polo opuesto de mis sencillas tesis, que comparto con todos los expertos en Comunicación, los antropólogos, los psicólogos  y otros profesionales de la conducta humana.

Una de las actitudes que me irritan de Rajoy es su manera de tratar a la ciudadanía. Primero, engañándola (ya ven a dónde fueron sus promesas electorales sobre no subir los impuestos, a la primera de cambio) y luego con la creencia de que somos unos infelices a los que se puede manipular. La inteligencia, para Rajoy, debe ser algo privativo de su jardín. No sabe aún que los ciudadanos son –habitualmente- inteligentes, reflexivos y lógicos. Y que son seres maduros, con criterio, capacidad de análisis y sentido común. Por eso, nos trata casi ofensivamente jugando con cuatro ideas y tratando de ocultar la realidad. Tan inseguro se siente en este actuar que amaga la certitud, que suele tener que leer sus intervenciones públicas, para que todo esté bien medido y no se den pasos en falso. Y lee mal, mirando a la concurrencia cada vez que acaba una frase, como si se preguntara «¿ha colado ésta?» Le tiemblan las meninges en esos momentos.

No me gustan los políticos que leen, porque evidencian que no dominan el tema del que están hablado. Cuando uno está seguro de sus ideas, no precisa tener que acudir al dictado.

Tampoco me gusta que actúe como si los que le atendemos –todos- estuviéramos en una ausencia manifiesta de madurez. Señor Rajoy , ¡que no nos chupamos el dedo! Que sus escasísimas intervenciones desde que ganó las elecciones nos dan más miedo que otra cosa porque no sabemos lo que oculta tras sus veladas palabras. Que nos indigna que nos trate como a paletos, con ausencia de brillantez y agudeza mental.

No nos gusta a nadie, ni a sus seguidores ni a los perdedores ni a los que andamos huérfanos de liderazgo, que somos muchos. Porque nos placería que dijera sin tapujos que en marzo o abril subirá el IVA, que pronto sacará el hacha para cercenar el poder autonómico y que piensa darnos a los catalanes un cepillado de agárrate que vienen curvas. Porque esto es probablemente lo que ronda por su mente. Dígalo y sosténgalo con entereza. Y vayamos a la refriega todos, para ver quién tiene razón y quién tiene poder.  Y en qué acaba todo esto de la crisis es por culpa de las autonomías, cuando todos creíamos que era porque ha habido demasiado pillo suelto y demasiado inepto mandando. Creo que no es mucho pedir la sinceridad abierta y clara. Ya que nos van a dar en la cresta, queremos saberlo para estar preparados. Y que no se ande el señor Presidente con medias palabras, que son medias mentiras. Porque ni somos unas criaturas imberbes, ni unos torpes. Y, sobre todo, porque nos merecemos un respeto y no ese actuar turbio y ectoplastámico que le caracteriza desde que dejó la oposición, aquel lugar en el que estaba tan bien ubicado no hace mucho y que quizás añore porque era un lugar de esperanza y ahora es éste un tiempo de amarguras.

Por todo esto, cada vez  me despierto por la mañana menos entusiasmado y con menos empuje. Porque veo que nos roban la realidad, algo a lo que tenemos derecho los contribuyentes.





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