Ayer estuve en la presentación del libro de Pierrot, Un falo lo tiene cualquiera. No falta ninguna ‘l’. Para que nos hagamos una idea de la devaluación del instrumento del amor tan cantado y carcajeado en las noches golfas de este país… y del negocio. En este acto, amadrinado por Lita Claver ‘La Maña’, se citaron a bocajarro y pasando de puntillas, las inquietudes de muy pocos y los silencios de muchos. Básicamente la generación del público que vivió el esplendor y declive del music hall y que no afecta sólo al Paralelo. Algunos artistas que abandonaron y otros que nos resistimos a creer que no hay nada más allá, aunque adaptándonos al nulo mercado artístico que «entre todos lo mataron».
Me parece de un cinismo increíble que un gobierno anime este bazar de todo a 100, llamado país al consumo, lloriqueando, pidiendo arrimar el hombro al ciudadano, por la mala resolución de las burbujas inmobiliarias, la pérdida de puestos de trabajo y los daños colaterales como la solvencia de los bancos. Que el music hall y el Paralelo, la revista, el espectáculo del pueblo y lo que se le quiera llamar ha sostenido taxis, textil, servicios, consumo en estado puro en las noches de la ciudad y acabando por las flores, sean las de las vedettes o las de este deceso anunciado. Es más que evidente que el music hall no es santo de la devoción de quien maneja la cultura y yo no guardo ninguna esperanza de que El Molino nuevo o el Arteria Paralelo (Scenic) se acuerden o dejen sitio a quienes lo levantaron, y siguen luchando por este género que busca pero no puede garantizar dignos herederos ni con embriones congelados. Lo del Paralelo y alrededores, hace tiempo que no importa a nadie. Les resulta más fácil a los cultos con poder, ser permisivos con el botellón y sustancias varias y mirar hacia otras partes y artes.