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El primer mandamiento

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Jaume Pujol Balcells | 20/08/2010 09:50

El primero de los diez mandamientos lo resumió Jesús diciendo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Mt 22 y Lc 10). Para una mentalidad moderna, en la que cualquier mandato jerárquico se pone en cuestión, no resulta fácil aceptar esa sentencia. ¿Puede alguien mandar que le amemos, aunque este Alguien sea Dios? ¿No es el amor un acto gratuito que no puede ser la respuesta a un mandato?
Justamente Dios es el único que puede pedirnos esto porque sus mandamientos no quitan nuestra libertad, que es un don suyo. La prueba más clara de que no se imponen, la tenemos en nuestra experiencia de que podemos desoírlos y, podríamos pensar, «no pasa nada». Pero la verdad es que sí pasa: ocurre que, cuando rechazamos sus mandatos, nos herimos a nosotros mismos. Al rechazar su amor, actuamos en nuestra contra. Henry de Lubac, uno de los más influyentes teólogos del siglo XX, afirmó: «No es verdad, como se dice en ocasiones, que el hombre no puede organizar el mundo a espaldas de Dios. Lo que sí es verdad es que, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre». Las tiranías del siglo XX, particularmente el nazismo y el comunismo, son una prueba histórica irrefutable, una demostración casi científica de esta realidad. Por ello, llegado el momento, se hundieron con estrépito: no comprendieron el alma humana.
En el siglo XXI, y particularmente en Europa, el peligro podría llamarse humanismo ateo, un modo de pensar y hacer que no perseguiría tan brutalmente la religión, pero trataría de relegarla a la esfera de lo privado. La manifestación más clara la tenemos en el deseo de establecer por ley la supresión de todo símbolo religioso, incluido el crucifijo, en cualquier espacio público. Lo que, en el primer precepto del Decálogo, Dios manda sin imponer, algunas leyes tratan de hacerlo invisible por medio de una imposición: que no se note en el ámbito público que estamos en un país de tradición y mayoría cristiana.
La libertad religiosa, en la que a veces se amparan las normas legales, debe suponer el respeto a las personas que tengan cualquier religión o ninguna, pero no puede ser motivo de obligar a que nadie pueda manifestarla fuera del ámbito de su casa o de su templo. Esto no sería un modo adecuado de entender la laicidad, que es una conquista positiva de la Ilustración, sino que supondría caer en un laicismo dogmático, una «religión de Estado» que afectaría a las personas en uno de sus derechos fundamentales.
La Iglesia ha pedido perdón por interpretaciones abusivas –que habría que situar en su contexto histórico– que le llevaron a actuar con falta de caridad contra quienes no profesaban la fe. Algunos interpretaron en algún momento que Dios había de estar por encima del César y éste debía convertirse en su brazo ejecutor, imponiéndose a la libertad de las conciencias. La sociedad se enfrenta actualmente a una posible coacción sobre las mismas, esta vez a cargo de quienes legislan sin tenerlas en cuenta. Amar a Dios de verdad con todo el corazón, primer principio cristiano, no debe asustar a nadie; es la mayor garantía de respeto hacia todas las personas porque pasan de ser ciudadanos a hermanos.





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