Entre todos los rótulos de normativa del uso de nuestras playas, falta uno que de una vez por todas advierta, igual que en los muelles y rompeolas, de la prohibición de pescar.
Me refiero a todos estos visitantes ávidos de diversión que hacen de la naturaleza viva un pasatiempo más. Pescar pececitos y cangrejitos en las orillas con esas redes en forma de cazamariposas, incluso masacrarlos en los cubitos ante la atenta mirada de los progenitores cuyo cinismo raya la pureza del diamante, para decir con esa vocecita: «No les hagas daño, que los llevaremos a casa para ver qué hacen». Pues morirse.
Y a otra cosa. Me he encontrado a las patrullas del Seprona y la Verde de la Policía Local, en paseos por el campo donde se valora el daño que pueda hacer un perro, ya que no vamos a cazar, en la súper población de conejos que bien gordas las hacen en los campos.
Y como en todo, multa. Para lo que queda de ecosistema, una bandera de calidad también a propósito de las personas que usan la playa. No a este tipo de actividades infantiles amparadas en la poca responsabilidad de los padres. O ¿es que aún se quedan impasibles ante la educativa actividad de abatir pajaritos a golpe de tirachinas?