El día 25 he contemplado en Intereconomía, en un programa del ínclito señor De Prada, una conversación de crítica y desprecio a las personas que desean «felices fiestas». Decía su invitada, tertuliana de la que no me molesto en averiguar nombre, que es cosa que no todo el mundo por cultura está preparado para asistir, que la Navidad sufría una progresiva paganización. Bueno. Si es por Zeitgeist y otros respetables documentos, es al revés… la celebración pagana se ha cristianizado, a base de hurtos de aquí y de allá para dotar de historia a una verdad con más de una lectura.
Me gustaría protestar de la obligación a que nos someten, en este país que debe asistir a la fusión multicultural, de escuchar villancicos por la calle que es de todos y por cierto no muy políticamente correcto porque si somos laicos, agnósticos o budistas… la cuestión nos taladra por igual.
Decía esta señora además que celebramos la Navidad por el sentimiento de pérdida. Yo que ya he tocado la cara A del single de mi vida, digo que la Navidad es un producto que brilla en su esplendor, en el candor de la infancia, pero sinceramente todo el que ha pasado estas fechas en un hospital, ya sea por sí mismo como por seres queridos, un funeral, o la dolorosa ausencia de un ser querido, sabe que por encima de las celebraciones, ‘empapuzamientos’ y empachos, y propósitos absurdos de bajar de peso en enero cuando el hambre asola a medio mundo, precisamente las felices fiestas son eso. Señora.
Que estemos, oiga, todos bien, sin más susto, disgusto ni sobresalto, y pesar que nos impida reunirnos cristiana, o paganamente en el hogar. Así que serlo, señora tertuliana, lo es. Rancia y amargada, incapaz de respetar a la gente de buena voluntad que por pose social, buena vecindad, miedo a perder el trabajo o caer mal o simplemente por educación y cortesía con las creencias ajenas, desea felices fiestas.
Yo le deseo a ella una buena Semana Santa y también mi más sincera felicitación del día de los tontos que hablan en la tele. No siendo tonto un insulto, sino un estado del alma que carece de niño interior y amor de sobras donde tanto hay en peligro de extinción. Sí, felices fiestas. Feliz ‘Navi-quit-dad’ y miserable recorte nuevo. Algo ha de quedarnos a la gente que no teniendo lotería ganada ni ansias de riqueza, sólo deseamos el bien a los demás, pero no ahora a golpe de villancico, siempre.