Acaban de darle un zarpazo nostálgico a mi memoria. Un aviso estilo; corre y atesora lo poco que te queda de la era analógica. Las fotos con su logotipo en el reverso. El color de los 60 y de los 70, 80, incluso de los 90. Kodak quiebra. A favor de lo digital nos hemos adaptado a lo inmediato, que cuesta menos, dicen, pero no sé si vale más.
Me gustaban las fotos que no se podían borrar, ni retocar, ni subir a la red. Esas fotos que, en cambio, daba gusto romper y mojar de lágrimas, quemar, arrugar y enrabiarse cuando algo se acababa a disgusto, además luego arrepintiéndose, muy peliculero, o conservar con rosas secas, perfume, entradas de cine, vales de discoteca y conchas de mar, si era lo que sólo nos quedaba del «para siempre».
Pero el consumo es una corriente que no distingue lo sentimental, sólo lo práctico como generador de ganancias. Y de repente me acuerdo que aún me quedan dos carretes de 36 fotos, del año 2000 por revelar. No hace tanto y, sin embargo, ya pasó. Quizás no revelarlo, y guardarlo en una cápsula del tiempo como el resto de memoria que unos se afanan por mantener, previo pago, en bancos de recuerdos y que sin embargo a tantos tan poco, por pasado, antiguo, viejo y vivido, importan.