Confieso mi extrañeza ante la proliferación de artículos periodísticos y cartas que aparecen día sí día no en la prensa local cargando contra aquellas personas y colectivos que se han atrevido a criticar las declaraciones que el arzobispo de Tarragona hizo a TV3 el pasado 31 de enero. Y se acentúa más mi asombro ante el tono agrio e insultante en que suelen expresarse y el desprecio y la arrogancia con que arremeten contra los que se atreven a ejercer su derecho a opinar.
El Sr. Julio Pardo, en el Diari del día 2 de febrero, los tachaba, entre otros caritativos epítetos, de perros que ladran; el Sr. Pablo de Noguera Arnal, en la sección ‘La voz del lector’ del día 6 de febrero, tilda las críticas al arzobispo de esperpénticas, groseras e hijas de la ignorancia.
Ni se me ocurriría cuestionar el derecho de estas personas a expresarse libremente y mucho menos a censurarlos ni a despreciarlos, sin embargo, antes de cargar contra los que no están de acuerdo con las manifestaciones del arzobispo, deberían tener en cuenta algunos detalles: el prelado no hizo estas manifestaciones dentro de ningún templo o recinto eclesial sino que eligió TV3, un medio de comunicación público que pagamos todos: católicos, ateos, musulmanes o budistas. La televisión pública no es un púlpito para adoctrinar a nadie ni para pontificar. Todas, absolutamente todas las opiniones que se vierten en un medio público, son criticables. Respetuosamente, sí, pero criticables al fin y al cabo por todas aquellas personas que lo estimen conveniente. La libertad tiene estas servidumbres y el arzobispo no es intocable.
Curiosamente coinciden todos en ensalzar la expresión del prelado de que la Iglesia Católica no tiene Mossos d’Esquadra ni prisiones. Hubo un tiempo en que sí los tuvo y bien que los aprovechó. Para terminar, me tomo la libertad de hacer una reflexión: con este tipo de abogados, al Sr. Pujol le sobran los ofensores.