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La función de los medios

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Dánel Arzamendi | 13/02/2011 19:04

El mundo periodístico se enfrenta a un inconcluso debate sobre el grado de afectación con el que la información puede ser modulada de acuerdo con las preferencias políticas de cada grupo de comunicación. Nadie cuestiona la legitimidad de cada medio para establecer su propia línea editorial, alabando o criticando determinadas medidas dependiendo del substrato ideológico de las mismas. Sin embargo, conviene establecer una frontera entre la lógica tendencia política de cada uno y el descarado partidismo que lleva a juzgar con distinta vara de medir la actuación de los políticos según la formación a la que pertenecen. Eso no es perspectiva ideológica, sino confesionalidad sectaria.

Somos muchos los que hemos percibido la resaca de esta mentalidad maniquea, que lleva a considerar un traidor a todo aquel que osa cuestionar la actuación de un partido que se siente a salvo de toda crítica por el mero hecho de haber coincidido con sus propuestas. Esta negación absoluta de la independencia intelectual espera de los demás una sumisión mental incompatible con el libre ejercicio del análisis político. Lamentablemente, no son pocos los medios que parecen haber renunciado a la búsqueda de la ecuanimidad, al entronizar sus intereses ideológicos o empresariales como principal criterio de actuación. A todos nos vienen a la cabeza algunos grandes grupos de comunicación, especialistas en destapar y perseguir casos de corrupción, eso sí, siempre que perjudiquen al partido que representa la antítesis de su línea política.

Pero existe otro tipo de periodismo, aún más cuestionable, caracterizado por una necesidad irrefrenable de proteger a los dirigentes que ostentan el poder en cada momento. Como derivada, estos pescadores de subvenciones también destacan por atacar al enemigo histórico, siempre y cuando éste se sitúe fuera de su núcleo geográfico de venta.

Custodian a las clases dirigentes, jamás sacan los trapos sucios de los gobernantes ejercientes, y apenas molestan a los partidos descabalgados que puedan retomar el mando en un tiempo prudencial. No hace falta acudir a regímenes autocráticos para encontrar ejemplos de este modelo periodístico, teniendo en cuenta la placidez con la que tradicionalmente ha vivido la oligarquía política y económica de nuestro país, mansamente protegida por una versión mediática del oasis catalán. Salvo honrosas excepciones, me resulta imposible recordar a un periódico o emisora de nuestro entorno que haya puesto en verdaderos aprietos a los inquilinos del Palau de la Generalitat, y desde luego, no será por falta de casos dignos de investigación.

Cualquiera diría que la valentía del Diario Madrid o la audacia del Washington Post de Ben Bradlee comenzasen a parecer, a día de hoy, utópicos delirios de un romanticismo suicida, como si hubiéramos renunciado definitivamente a la independencia que concede un ejercicio verdaderamente privado del periodismo, conformándonos con una prensa plácidamente concertada y autocensurada, que aparenta una supuesta osadía informativa mientras se cuida muy mucho de no dar nunca donde más duele. Y eso por no hablar de los medios públicos… ¿A qué han dedicado su potencial de investigación periodística en la última década, mientras decenas de escándalos de corrupción e ineficacia asolaban nuestra vida pública? ¿Quizás a la Guerra Civil?

Como era de prever, el repentino ataque de arturitis aguda padecido por algunos grupos de comunicación, se ha visto reflejado en unos editoriales convertidos en la hoja parroquial del nuevo mesías convergente: venid a adorarlo. Para colmo, muchos de estos medios fueron dócilmente suaves con el Tripartit mientras la izquierda copaba un poder omnímodo en Catalunya, y no levantaron la voz contra su nefasta gestión hasta que el cambio político estuvo demoscópicamente garantizado. Como siempre, fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.

Lo que ahora toca es servir eficazmente al nuevo emperador, culpando de todo a los perdedores y al centralismo mesetario. Aun así, puede que esto último cambie en cuanto se acerquen las elecciones generales, y todas las encuestas auguren el triunfo de Rajoy. Entonces la comparsa mediática volverá a elogiar la cohabitación del PP con los nacionalistas durante la primera legislatura popular, para no incomodar ni al empresariado ni a los convergentes que negocien un nuevo pacto con la Moncloa. Lo importante, como siempre, es no incordiar. Y si se hace, que sea a toro pasado.

Algunos ingenuos seguiremos esperando el día en que todos los periodistas de este país puedan trabajar al margen de intereses partidistas y empresariales, con el fin de responder a su obligación de vigilar incisivamente la labor de las clases dirigentes. En estos momentos de vuelco electoral, el control que los medios de comunicación deben ejercer sobre el poder político exige reajustar el punto de mira, empezando con el nuevo Govern, y siguiendo probablemente con los populares a partir del próximo año. Es evidente que el Tripartit ha acumulado méritos sobrados para criticarlo incansablemente hasta el fin de los tiempos (yo me he aburrido de hacerlo), pero el extemporáneo empeño de algunos analistas conversos por empezar a crucificarlo ahora resulta verdaderamente penoso. A estas alturas, para su vergüenza, ya no sirve para nada.





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