Han sido muchos los medios de comunicación que han seguido con atención la peregrinación realizada por el arzobispo de Tarragona durante la pasada semana, recorriendo diferentes enclaves históricos y religiosos de la geografía turca. La expedición visitó los principales escenarios donde el cristianismo recién nacido dio sus primeros pasos, incluyendo algunos lugares especialmente vinculados a la historia de nuestra archidiócesis. Afortunadamente, tuve el privilegio de ser invitado a este fascinante viaje, y así pude caminar por la tierra que vio florecer aquellas primeras comunidades cristianas del oriente mediterráneo: desde la antigua Constantinopla, testigo de los primeros concilios, hasta Tarso, cuna de San Pablo, pasando por Antioquía, sede de uno de los cuatro primeros patriarcados, y Konya, ciudad natal de la patrona de Tarragona, Santa Tecla.
Desde un punto de vista sociológico, la imagen que ofrece actualmente esta región nada tiene que ver con la realidad religiosa de los primeros siglos de nuestra era. Hoy en día, sólo un 0,3% de la población turca profesa la fe cristiana, fundamentalmente en su rama ortodoxa. Pude constatar esta cruda evidencia en la ciudad de Hatay, donde apenas subsiste un centenar de resistentes católicos, y sobre todo en Tarso, una población con 250.000 habitantes, cuya presencia católica se reduce a una pequeña comunidad formada por tres admirables religiosas italianas.
Aun así, estos ejemplos vivos de testimonio en condiciones adversas, que sólo se explican desde la intensa vivencia de una religiosidad obstinada, en modo alguno pretendieron transmitirnos un comprensible deseo de ser compadecidos. En este sentido, el párroco de la iglesia de San Pedro de Antioquia, Domenico Bertogli, destacaba con rotundidad que «somos pocos, pero somos fuertes», en sintonía con las palabras del arzobispo de Estambul, Louis Pelâtre, al reconocer no sentirse «menos afortunado por vivir como cristiano en un país musulmán, que un cristiano que vive en una sociedad europea muy secularizada». Tuvo especial profundidad el encuentro con el Nuncio de la Santa Sede en Ankara, Antonio Lucibello, cuya afilada inteligencia y cercana simpatía sorprendió a aquéllos que esperábamos encontrarnos con un contenido y protocolario diplomático vaticano. «¿Qué habéis venido a ver?», preguntaba intencionadamente, invitando a extraer conclusiones prácticas de nuestro periplo por la segunda cuna del cristianismo. No ahorró vehemencia a la hora de apostar por una nueva evangelización de los países tradicionalmente católicos, que obligue a la Iglesia a salir de las sacristías para afrontar con humildad los verdaderos problemas de la sociedad actual. Según Lucibello, pretender abordar los retos presentes con soluciones antiguas puede llevarnos a seguir los pasos de Turquía, un país plagado de restos de una antigua civilización cristiana ya desaparecida. Aunque algunos podrían considerar esta tesis excesivamente catastrofista, la realidad demográfica de nuestras iglesias parece corroborar el diagnóstico. Lo que está por ver es el carácter definitivo o reversible de este proceso.
Paralelamente, Jaume Pujol tuvo la oportunidad de entrevistarse con numerosas autoridades de la región, como el alcalde de Konya, Tahir Akyürek, o el máximo responsable de Diálogo Interreligioso e Intercultural del gobierno turco, Sabit Simçek. Dichos encuentros fueron aprovechados para estrechar los lazos que nos unen con la región, y para proyectar internacionalmente el nuevo centro cultural y pastoral que se está levantando en el antiguo seminario de Tarragona desde hace seis meses. Pese a que el edificio ya alberga el propio seminario, el Institut Superior de Ciències Religioses Sant Fructuós, y una residencia sacerdotal, el objetivo del arzobispado es ampliar sus potencialidades convirtiéndolo en un foco intelectual e investigador de primer orden. Así, su valiosa biblioteca, que acoge numerosos incunables, se abrirá permanentemente a los ciudadanos, y se habilitarán diferentes espacios para celebrar convenciones y conferencias de carácter no necesariamente religioso. Ya se ha confirmado un congreso sobre Santa Tecla para el próximo mes de octubre, así como dos exposiciones, una sobre la Turquía bíblica y otra sobre el paso de Angelo Roncalli –futuro Juan XXIII– por la antigua nunciatura de Estambul.
A juicio de Didac Bertrán, jefe del Departamento de Medios de Comunicación Social del Arzobispado, el viaje ha cumplido con creces los dos objetivos que se habían programado: echando la vista atrás, acudir a las fuentes de las que bebió el primer cristianismo en nuestra archidiócesis, y mirando hacia adelante, dar un impulso definitivo a las oportunidades de futuro que puede brindar el renovado seminario. Como dijo Hodding Carter, «sólo podemos dejar a nuestros hijos dos legados duraderos: uno, raíces; otro, alas». Pese a que aún se están ultimando algunos aspectos relativos a su financiación y patrocinio, este nuevo equipamiento, junto a la ampliación del Museo Diocesano, puede constituir un gran activo para Tarragona y un nuevo catalizador para la actividad cultural en la Part Alta. En una ciudad acostumbrada a mucha maqueta y poca hormigonera, sería deseable que las instituciones y la sociedad civil supiesen valorar adecuadamente la proyección global de una de las iniciativas más ambiciosas que actualmente se ejecutan en nuestra capital. No andamos sobrados de ellas.