Google    diaridetarragona.com

Las consecuencias de un portazo

Compartir   Compartir en Facebook  Compartir en Twitter  delicious  digg  technorati  yahoo  meneame
Dánel Arzamendi | 27/02/2011 17:22

El dominó revolucionario que recorre el mundo islámico ha abierto interrogantes que no podrán resolverse hasta que la tormenta amaine definitivamente. Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Libia… incluso se especula con la posibilidad de que los regímenes iraní o marroquí acaben arrasados por el huracán democratizador. Aun así, parece que esta marea humana sólo tiene en común el objetivo de derrocar a unos sátrapas corruptos y despóticos. Jóvenes universitarios, fundamentalistas religiosos y pobres de solemnidad se han unido en contra de un enemigo común, pero una vez derrotado, aflorarán las diferencias sobre el modelo que deberá instaurarse: un estado islamista, una democracia convencional, un reino confesional…

Desde la perspectiva occidental, el terremoto musulmán ha sido observado con prevención y cautela, aunque tampoco se ha ocultado la esperanza de asistir a la implantación del modelo democrático en la zona. Eso sí, nadie ha movido un dedo, amparados por el hipócrita principio que impide entrometerse en los asuntos internos de cada país. En cualquier caso, parece claro que el islam, no ya como religión sino como modo de concebir globalmente la realidad, raramente ha podido compatibilizar sus principios con los sistemas liberales al uso. Salvo algunas experiencias puntuales, sólo ha existido un país netamente musulmán que haya intentado casar su realidad religiosa con una democracia homologable en términos occidentales: Turquía. Afortunadamente, mi reciente estancia en este país me ha servido para pulsar la situación que se vive en esta república euroasiática, como posible modelo exportable a las nuevas democracias del sur mediterráneo.

Ha sido mucho lo que ha cambiado en la antigua Constantinopla. Un país con dos almas, una europea y otra oriental, ha modificado sus equilibrios internos, tras la abrumadora expansión demográfica de la población de origen asiático. Ya a finales de los noventa, un taxista de Estambul percibía los efectos de la imparable inmigración anatólica, menos propensa a aceptar la modernidad y el pluralismo de la vieja capital otomana. La clase dirigente europeísta procuró detener este proceso postulando su entrada en la UE, pero el portazo que ha recibido por respuesta, fundamentalmente desde Francia, les ha dejado en manos de una ciudadanía cada vez menos identificada con la mentalidad occidental.

Efectivamente, han sido muchos los europeos que han visto con recelo los cantos de sirena de Turquía. Algunos han justificado su rechazo por motivos socioeconómicos, vista la enorme distancia que separa este inmenso país de 75 millones de habitantes con los estándares comunitarios. Pero también han sido los factores religiosos los causantes de esta suspicacia, a veces avivada desde la propia órbita musulmana. Recordemos las declaraciones del tristemente conocido Muamar al Gadafi, afirmando que el islam sería la futura religión de toda Europa, y que este irrenunciable objetivo pasaba por el ingreso de Turquía en la UE. Estas afirmaciones causaron estupor entre millones de europeos, pese a que la representatividad y el valor de las palabras del líder libio deben ponerse siempre en cuarentena. En los años ochenta, este personaje fue considerado un asesino capaz de cometer un verdadero genocidio, llegando a ser bombardeado por la aviación norteamericana. Posteriormente, la hostilidad internacional pareció relajarse, y el revolucionario coronel comenzó a codearse con los principales mandatarios del planeta. La prensa dejó de definirlo como terrorista, para calificarlo de ‘dirigente excéntrico’, por no llamarlo payaso. Aunque todos conocían sus crímenes pasados y sus excesos presentes, las ingentes reservas de petróleo libio parecían blindar el estatus de este aparentemente inofensivo cóctel de Chávez y Berlusconi abriendo la puerta del Waldorf. Lamentablemente, esta misma semana, se ha comprobado que el análisis del denostado Ronald Reagan no se alejaba mucho de la realidad.

En cualquier caso, las reticencias comunitarias al ingreso de Turquía han sido recibidas como una auténtica humillación, hasta el punto de que, según las encuestas, apenas la mitad de sus ciudadanos sigue deseando la incorporación. Y la cifra sigue bajando... Una amplia mayoría de sus votantes respalda al actual gobierno islamista, que goza de buena prensa en los países árabes precisamente por su revisión de los avances que Mustafa Kemal implantó en su país para acercarlo a occidente. De hecho, algunos turcos comienzan a sospechar que Recep Tayyip Erdogan tiene en mente la derogación o reforma sustancial de la constitución laica de Atatürk, en el caso de que la anexión a la UE no prospere. En ese sentido, parece dudoso que las incipientes democracias del norte de África adopten un modelo que está siendo dinamitando desde su propio interior. Puede que hayamos perdido un referente clave para la zona.





© Diari de Tarragona
Domènech Guansé, 2 - Tarragona
Telèfon 977 299 700
Promicsa | Redacción