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La estela de Fukushima

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DÁNEL ARZAMENDI | 21/03/2011 17:42

Cuando sólo ha pasado una semana desde la devastación de las indefensas costas niponas, las imágenes de desolación que siguen llegando desde Japón continúan conmoviendo a cualquier ser humano que conserve un mínimo de sensibilidad humanitaria. La disciplinada frialdad de los supervivientes oculta a nuestros ojos incontables dramas humanos que difícilmente desaparecerán de la abarrotada memoria de este pueblo tenaz y emprendedor. Mientras escribo estas líneas, los informativos comienzan a asumir que la sed de destrucción que la naturaleza ha demostrado estos días aún no ha sido saciada, pese a los ya de por sí tremendos estragos provocados por el terremoto y el tsunami del pasado día 11. Sólo el paso del tiempo nos permitirá evaluar adecuadamente las consecuencias de un desastre tan previsible como inasumible.

Con los cadáveres aún calientes, la comunidad internacional ha comenzado a mirar de reojo sus propias instalaciones nucleares, consciente de la relativa fragilidad que estas infraestructuras han evidenciado tras los sucesos de Fukushima. Como si fueran un resorte, los colectivos pro y contra nucleares se han lanzado a una frenética campaña propagandística, demostrando que son más los apriorismos que les guían que los argumentos que les conducen a conclusiones tan antagónicas. Los medios de comunicación y las redes sociales han sido testigos del infantil maniqueísmo que invade a una sociedad que sólo permite ser de derechas o de izquierdas, meapilas o anticlerical, madridista o culé, nacionalista o facha… Con este nivel de debate, no es extraño que nos encontremos donde nos encontramos.

Parece evidente que renunciar a la energía nuclear, hoy por hoy, supone una auténtica quimera. Algunos irresponsables han aprovechado la dramática coyuntura para aterrorizar a la población, pese a que la comparación de Fukushima con Garoña requeriría que un movimiento sísmico en el Cantábrico provocase un maremoto que llegase hasta Burgos por la autopista A-68. Al margen de la imposibilidad física de sustituir inmediatamente una fuente que representa la cuarta parte de la producción energética mundial, las diferentes alternativas actualmente viables conllevan numerosos problemas científicamente contrastados. Para empezar, la generación basada en los combustibles fósiles tiene una perspectiva temporal limitada y es la más perjudicial para el cambio climático; las energías solar y eólica carecen de la eficiencia económica de las demás, conllevando un coste inmediato absolutamente inasumible para la economía mundial; los biocombustibles han causado auténticas hambrunas al disparar el precio de los cereales; incluso las presas hidroeléctricas son criticadas por los ecologistas, pues pueden alterar ecosistemas, dañar regiones agrícolas, desplazar comunidades, destruir patrimonio cultural, reducir la biodiversidad y generar metano, que acelera el efecto invernadero. En conclusión, parece una insensatez renunciar a una energía relativamente limpia y asequible, como la fisión, mientras no se abaraten las energías renovables o se desarrollen las técnicas de fusión nuclear.

Sin embargo, los defensores acérrimos del neutrón suelen verse obligados a esquivar un par de cuestiones ciertamente incómodas para sus propósitos. En primer lugar tenemos el problema de los residuos, pues los conocimientos actuales apenas ofrecen respuestas para su tratamiento. Algunos suelen intentar salvar este escollo mostrándose convencidos de que la tecnología del futuro permitirá convertir estas sustancias tóxicas en inocuas. No seré yo quien lo descarte, aunque me resulte paradójica esta apelación a la providencia laica, esta nueva versión del Walt Disney congelado, a cargo de los teóricos adalides del cientificismo.

Por otro lado, tenemos la cuestión tristemente actual de la seguridad, cuya relativización resulta cada vez más insostenible. Se nos ha pretendido convencer de que esta fuente energética no genera ningún peligro si se trata adecuadamente, en contraposición a la actitud de los responsables de Chernobyl, la madre de todas las chapuzas. Pero resulta que el problema lo han tenido ahora los japoneses, los reyes de la tecnología de vanguardia, la eficacia profesional y la responsabilidad escrupulosa. Además, la tendencia innata de los responsables nucleares a minimizar (por no decir falsear) los efectos de los incidentes en las plantas ha creado una desconfianza generalizada respecto de sus afirmaciones. En Tarragona sabemos mucho de esto... Se nos ha repetido hasta la saciedad un indemostrable mantra sobre la pretendida capacidad de la industria nuclear para responder a los caprichos de la naturaleza. Sin menospreciar la gravedad del terremoto de la pasada semana, han sido varios los movimientos que han rondado los nueve grados Richter en algún punto del planeta durante el siglo XX: si no ha pasado nada en otros lugares ha sido porque carecían de centrales. ¿Qué insensato viviría en una casa incapaz de soportar un fenómeno natural que se repite cada década? Nos hallamos ante la vieja cuestión de la infrecuencia y la imprevisibilidad, conceptos aparentemente sinónimos para algunas mentes perezosas. Y eso por no hablar de los reactores civiles como objetivo del terrorismo…

Las centrales nucleares deberán mantener su actividad mientras siga aumentando nuestro consumo energético global. El camino inverso constituye actualmente una verdadera utopía, con China e India en plena expansión, lo que demuestra el carácter naif de los cruzados del desmantelamiento. Aun así, la peligrosidad de estas instalaciones exige un diseño que contemple los eventos excepcionales, no sólo los habituales. La respuesta de Angela Merkel ha sido rápida y responsable, como corresponde a una estadista que pasará a la historia no por ser precisamente una hippie. Algo falla en nuestra escala de valores social cuando debemos explicitar lo que debería resultar obvio: no se puede jugar con la vida de las personas.





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