El Congreso de los Diputados ha ratificado esta semana, por aplastante mayoría, la decisión gubernamental de participar militarmente en Libia, de acuerdo con el artículo 17 de la Ley de Defensa Nacional. Durante su discurso, José Luis Rodríguez Zapatero se vio obligado a realizar diversas piruetas retóricas que preservasen ese perfil antibelicista que tanto influyó en su sorpresivo ascenso al poder, poniendo de manifiesto su tradicional e irrefrenable tendencia a la cobardía léxica, que le lleva a no llamar habitualmente a las cosas desagradables por su verdadero nombre.
Nos hemos embarcado en una operación militar, en la que dos partes enfrentadas luchan con armas convencionales por la conquista de un país. En mi pueblo eso siempre ha sido una guerra, con todas las letras, no una crisis, ni unos sucesos, ni un problema, ni un conflicto… Repita conmigo, presidente: «guerra». El Sr. Bono debería contratar a un logopeda, con cargo a los presupuestos de la Cámara, que ayude a Zapatero a vocalizar algunas palabras que aparentemente le cuesta pronunciar: recesión (en vez de desaceleración), aborto (en vez de interrupción voluntaria del embarazo), paro (en vez de reducción de contrataciones), quiebra (en vez de dificultades económicas), despido (en vez de finalización de la relación laboral), etc.
En cualquier caso, la práctica totalidad de los diputados refrendaron la osada decisión del Consejo de Ministros, con la única oposición de tres representantes de una extrema izquierda que puede resucitar, entre otras cosas, gracias a este episodio. Por su parte, numerosas voces políticas y periodísticas de la derecha española han pretendido establecer un paralelismo entre la actual intervención y la guerra de Irak, en un intento por devolver con intereses el golpe moral a los socialistas. Parecen olvidar que la ciudadanía es perfectamente consciente de que esta ofensiva cuenta con el aval de la ONU, mientras que el trío de las Azores reventó la legalidad internacional con su declaración de guerra contra Saddam Hussein.
Aun así, la principal moraleja que debe extraerse de este prólogo bélico es la necesidad de replantear el funcionamiento de los mecanismos internacionales que permiten legitimar un ataque armado. Todos los expertos han coincidido en señalar que el momento idóneo para intervenir fue hace dos semanas, cuando el coronel Gadafi se hallaba en su bastión de Trípoli. Lamentablemente, la vergonzosa inacción internacional, derivada de algunos oxidados engranajes del procedimiento diplomático, favoreció que las fuerzas del sátrapa libio reconquistasen la mayor parte del país en unos días. ¿Qué sentido tiene que la comunidad internacional, cuando intenta detener los excesos de una dictadura, necesite la bendición de un país tan poco democrático como China?
Pero el ridículo no termina aquí, pues la coalición internacional decidió iniciar una campaña militar sin ponerse de acuerdo en algunas cuestiones fundamentales: el mando, la compañía y el objetivo. En primer lugar, el liderazgo jerárquico de la operación quedó en entredicho desde el arranque del ataque, con un batiburrillo de países que fueron a la guerra como el ejército de Pancho Villa: Francia se postulaba para comandar el ataque sin el respaldo del resto, EEUU rechazaba sospechosamente todo protagonismo, la Liga Árabe sufría constantes trastornos de personalidad disociativa, Gran Bretaña defendía la necesidad de entregar el mando a la OTAN, Italia recelaba del expansionismo de Sarkozy, los noruegos observaban la jugada con cara de suecos, Alemania no quería saber nada del asunto, y España pretendía nadar y guardar la ropa con una participación tan discreta como prescindible.
Por otro lado, se supone que la ofensiva «amanecer de la odisea» (menudo nombrecito) ha pretendido, desde su inicio, respaldar y proteger a una oposición libia que podría asumir el poder si finalmente resultase triunfadora en esta guerra civil. ¿Alguien sabe quién conforma este colectivo? No son pocos los analistas internacionales que ponen en cuestión la idoneidad de los actuales líderes rebeldes para encabezar una posible transición hacia un régimen democrático.
Por último, los miembros de la coalición militar apenas se ponen de acuerdo sobre el fin último del ataque. ¿Proteger la vida de los civiles? ¿Apoyar a las tropas rebeldes? ¿Acabar con Gadafi? La resolución de la ONU impide el envío de tropas sobre el terreno, por lo que no parece descabellado pensar que la operación pueda acabar con el actual líder libio manteniendo su poder. ¿Acaso estamos viviendo un nuevo día de la marmota, repitiendo la experiencia de la Primera Guerra del Golfo, cuando se derrotó pero no se derrocó a Saddam Hussein? Esto se parece cada vez más a la guerra de Gila.